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13 Ene 2015

Ser adicto a su ignorancia.

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Más allá de los penitentes y disciplinantes de la “ensañanza”:

Oyendo el himno a la legión mi legítima me ha preguntado si esos tíos, novios de la muerte, no serán más tontos que los yihadistas. Me sorprendido diciendo: ¡Seguro!. Se ha acusado de maldad a los ignorantes, un viejo dicho cruel decía que no había tonto bueno. Se ha supuesto que “enseñando” se mejoraba a la gente, eso ha justificado también la enseñanza de tonterías, claro. Se ha tratado a la ignorancia de enfermedad, y se ha propuesto una cura. Se ha exagerado el valor de la voluntad de aprender, de curarse. Ignorando que uno puede ser adicto a su ignorancia. Estar intentando dejarlo siempre, pensando que “si quisiera podría” siempre. Lo que impide recuperarse a un adicto es confiar exclusivamente en su voluntad... Una enfermedad es un optimismo, parece que ha venido por algo, o al menos que se puede remediar de alguna manera. De cara a su recuperación, es mejor que el enfermo explique su conducta como una enfermedad, una enfermedad resulta ser una explicación más optimista que un vicio, y el optimismo, la esperanza, facilitan el cambio, la cura.

  “La virtud es conocimiento; todos los pecados se cometen por ignorancia; sólo es feliz el virtuoso” estas tres formulaciones del optimismo -dijo Nietzsche - representan la muerte de la tragedia”. Y no sólo eso sino que descarriaron el optimismo de los modernos. Lograron que estos se desviaran de su propio interés -la política utópica - y se centraran en la posibilidad de rehuir la política abandonando la práctica por la teoría.

  La escuela, la cárcel, el hospital, la iglesia practican un agenciamiento, usan la represión, el encierro, para conseguir un cierto saber, una ideología. Pero en ellas no está el frente, en ellas no está el campo de batalla, son sólo el polvo que levanta. Si el saber consiste en entrelazar lo visible y lo enunciable, el poder es la causa presupuesta del saber, pero, inversamente, el poder implica el saber como la bifurcación, la diferenciación sin la cual no se podría pasar al acto. Foucault mostraría como “no hay relación de poder sin una constitución correlativa de un campo de saber, ni saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo relaciones de poder”.

  Las máquinas son sociales antes de ser técnicas. Mejor dicho, hay una ideología humana antes de que haya una tecnología material: Máquina-escuela, máquina-cárcel, máquina-prisión, máquina-hospital, máquina-iglesia. Y agenciamientos recíprocos, biformes: pareja, familia, empresa, vecindad… partido. Donde se practica la escisión, por ejemplo la que se produce entre encierro e interioridad.

  Ahora que según parece vamos a poder es bueno diferenciar el poder como lo hacen los alemanes. Dürfen: poder, en el sentido de “tener permiso”, puedes hacer eso. Sollen: poder, en el sentido de deber, de tener una obligación: podrías hacer esto. Können: poder, en el sentido de posibilidad, de capacidad, eso lo puedes hacer. Las grandes tesis de Foucault sobre el poder se desenvuelven bajo tres rúbricas: El poder no es esencialmente represivo (ya que incita, suscita, produce); se ejerce antes de poseerse (ya que no se posee más que bajo una forma determinable y determinada, clase social e institución); y pasa por los dominantes no menos que por los dominados (por todas las fuerzas en relación). Uno ve el gran bigote del que filosofaba “al martillo” tras sus palabras. 

  Hay mucho poder en el fondo, existen virus más allá de las bacterias, y tras lo electrónico lo muónico y lo tauónico aguardan. El microclima, el microchip, la microfísica del poder. El poder irreductible a toda práctica del saber. Foucault insiste en que el poder siempre acaba siendo una microfísica, entendiendo como ello no una simple miniaturización de las formas visibles o enunciables, sino como otro dominio, un nuevo tipo de relaciones, una dimensión del pensamiento irreductible al saber: liaisons mobiles et non-localisables. 

  ¿La respuesta? La de Edipo ante la esfinge: el hombre. Entendido como el conjunto de formas que luchan, que resisten. Spinoza decía que no se sabe qué puede el cuerpo de un hombre cuando se libera de las disciplinas del hombre. No se sabe hasta donde llega su voluntad de poder. Más allá de los penitentes y disciplinantes de la “ensañanza”: ¡Seguro!

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