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14 Ene 2015

Delante de nuestras pantallas.

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Nunca se ha meditado tanto como lo estamos haciendo ahora

Primero la atención focalizada, es decir centrada en un foco: estás aquí solo, pensando en nada, y esto te parece muy bien. A continuación la atención plena: eres tú, en el momento presente tu pensamiento lo abarca todo. Y finalmente la atención benevolente: tu buena voluntad desciende como una bendición sobre personas y cosas, hace buena música, danza con ellas. Es el método clásico. 

   Otra manera de ir respirando como casi sin querer pero en cierto modo queriéndolo más que de costumbre consiste en primero parar un poco para ver si acaba de llegar, el que sea que llegue. Después mirar un momento hacia atrás, como para agradecer. A continuación seguir respirando a ver si alcanzas a conseguir una cabezada, a dormir un poco. Cuando te despiertes haces por sentirte como cuando niño acababas de comulgar y te holgabas de la presencia divina. Luego vas preparándote mientras cambias la respiración dulcemente para acabar aterrizando, grandes cosas le esperan hoy, señor conde. 

Hay claro está muchas más formas de rezar, meditar, salir a darse una vuelta o correr un poco, hacer yoga, salir de fin de semana… de hacer como si las cosas fueran en realidad contigo. Las iglesias, los clubs deportivos, las escuelas, en las sobremesas  lo intentamos siguiendo nuestros propios ritos. Las grandes ciudades con sus ritmos circadianos, semanales o anuales parece a veces también como si estuvieran meditando.

  Leo Frobenius ha distinguido entre dos estilos de cultura, un sentimiento etiópico de amplitud y un sentimiento camítico de caverna. Centrífugo el primero y centrípeto el segundo. Paideia orientada al exterior, pragmática y sin magia. Y paideuma orientada al interior, de tipo estático, meditativo y ante todo mágico. Sin embargo sólo las subculturas meditativas dan cuenta de la ironía de la búsqueda del tesoro: que en la conciencia despierta del buscador ya está el tesoro que se supone en los objetos. Pocos personajes, pocas veces nos damos cuenta de que el lujo de la reflexión y meditación -el devenir atento al propio estar atento- supone la forma fundamental de las vivencias culminantes.

   Nunca se ha meditado tanto como lo estamos haciendo ahora delante de nuestras pantallas, nos hemos retirado a vivir dentro de nuestros anuncios, programas y películas de cada día como los antiguos ermitaños se recogían en las cavernas para meditar. No estamos nunca tan solos como cuando estamos delante de ellas.  El estado del solitario necesita, más que ningún otro, de no gobernarse más que por espíritu de obediencia; de otro modo sería expuesto a las ilusiones y equivocaciones del sentido de su propio doble monstruoso. La somnolencia viene por crisis; si nos endurecemos pasa.  Dormitavit anima mea pre tedio. Es el aburrimiento el que convierte el sueño en insuperable. El amor no quiere dormir.

  “La tierra contemplada desde el Universo aparecería como un “astro ascético”, en el que la lucha del pueblo de los ascetas religiosos, descontentos de la vida, contra la naturaleza interior sería uno de los hechos más extendidos y duraderos que existen”. Los ciudadanos modernos han abierto ampliamente las exclusas a la práctica de ejercicios oficialmente ignorados, y las ascesis de superación postuladas por Nietzsche se han convertido bajo diversos nombres -puesta al día, ampliación de estudios, training, coaching, fitness, deporte, dietética, autodiseño, terapia, meditación- en el modus vivendi dominante en las subculturas occidentales que dicen sí al esfuerzo y al rendimiento. La vida haciendo del pensamiento algo activo, el pensamiento haciendo de la vida algo afirmativo, y que los que me ayudaron a pensar, a alegrarme pensando me perdonen la ironía.

  Ahora que esto parece que ya no lo va a leer nadie, que toma por fin la forma de un diario, por fin respiro. En el diario hay una feliz compensación, de una doble nulidad. El que no hace nada con su vida escribe que no hace nada, y he aquí, sin embargo, algo realizado. El que se deja apartar por la escritura de las futilidades del día, vuelve a esas futilidades para contarlas, denunciarlas o complacerse en ellas, y he aquí un día repleto. Esta es la meditación del cero sobre sí mismo. Hundiéndose sin testigos, como los ahogados.

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