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20 May 2012

Levantar la piedra. De vueltas sobre el (inevitable) asunto de la cultura de la unidad de la gente que lucha Destacado

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Unidad es una palabra que aparece un poco en todas partes donde la gente se mueve o simplemente se interroga. Llevamos toda la vida citándola, y nos quedan unas cuantas vidas más. De ella se hacía eco el amigo Manel Márquez en un reciente artículo para Kaos…

Unidad es una palabra que aparece un poco en todas partes donde la gente se mueve o simplemente se interroga. Llevamos toda la vida citándola, y nos quedan unas cuantas vidas más. De ella se hacía eco el amigo Manel Márquez en un reciente artículo para Kaos… Lo de la unidad se podría comparar con el mito de Sísifo, mientras más cae más importante es levantar la piedra. Por sí faltaran ejemplos, tenemos nuestra historia, la historia más triste al decir de Gil de Biedma, porque acabó, de la peor manera posible. Estamos con la memoria histórica y cultural de los perdedores a los que el “partido militar fascista” a la hora de la cita del exterminio no les preguntó de qué internacional procedían. Esa fue la hora de la verdad que los igualó, pero antes, lo propio fue que socialistas, anarquistas o comunistas se hicieran la “guerra fría”, cada uno por sus propios proyectos, así, andreu nin que evolucionó desde el republicanismo federal hacia el socialismo, que fue uno de los portavoces de la CNT, cofundador del PCE, cuadro del PCUS y del Komintern, fue buscado por la policía franquista por masón hasta 1942. Su expediente lo cerró un jefe de la policía que informó que había muerto…en manos de la FAI. Cuando murió ahora hace 75 años no ganaba más que un obrero normal, y seguía defendiendo un proyecto común, la Alianza Obrera, el UHP: el poder para la democracia obrera, es por eso que sigue vivo. Las divisiones de la guerra se acentuaron en los exilios, y cuando en los años sesenta se inició el principio del final del franquismo, al lado y en oposición al PCE-PSUC, emergió el fenómeno del “grupusculismo”, sin duda una respuesta imperfecta a los que algunos llamaban “carrillismo”. En aquella fase, la “guerra fría” se amplió., pero aunque se impusieron los partidos más “hegemonistas”, o sea los que anteponían su dominio político en cualquier movimiento, y que estaban dispuestos a romper cualquier unidad si no era bajo su patrocinio… Que nadie lo olvide: también existieron corrientes que, por el contrario, trataron de poner todo el acento en las asambleas, en elección y revocación de los delegados, todo una batalla que, al menos en parte, explica la descomposición y burocratización de los movimientos. Fue sobre esta descomposición que el PSOE pudo establecerse como el único partido viable para “normalizar” institucionalmente las conquistas y reformas sociales. El problema fue que lo que se prometía como un avance gradual, sin “guerracivilismos”, resultó ser un fraude. Lo que nos cayó después es la historia de un constante retroceso. Dicho de otra manera: el desastre social actual es fruto del “realismo” institucionalista que arrasó con sus pesebres las tradiciones socialistas. Lo ha explicado muy bien Josep Fontana en su último libro: el neoliberalismo (con la ayuda del socialiberalismo en todas sus modalidades) ha conseguido por “las buenas” lo que el fascismo no había logrado por las malas…Por cierto, a Fontana le gusta repetir una de las frases de Ramón Carandé y ya que esta aquí, me gustaría anotar que el longevo historiador “liberal” (en el sentido más limpio de la palabra), votó “NO” a esta Constitución. Le preguntaron sobre como sintetizaría en pocas palabras la historia de España, u respuesta fue “Demasiados retrocesos”, y se me ocurre que sí se hiciera la misma pregunta sobre el destino del movimiento obrero y popular, la respuesta sería: “Demasiadas fracturas y divisiones”. Pero esa es la verdad, estamos instalados en la división. Sin embargo, el mismo hecho de que volvamos a plantearnos de la unidad significa que estamos asistiendo a una nueva fase de ascenso de la lucha social y democrática. No creo que en esa lucha haya demasiados debates sobre el diagnóstico, sobre donde radical el mal social, y quienes son los malos. En las tres últimas décadas, la intelligentzia de la izquierdas marxista y libertaria resistió en las universidades y el mundo de la cultura (revistas, editoriales, teatro, cine, etc), y en los últimos tiempos han conectado con todo lo que se mueve. El problema no es tanto el conocimiento –que existe-, sino su extensión y aplicación, darle cuerpo a una indignación que actualmente se expresa en todas partes. El problema se da en otra parte, en la propia naturaleza de la nueva resistencia. Dadas las derrotas sufridas, las resistencias no se apoyan sobre las espaldas de las conquistas sociales y de sus organizaciones reformistas, sino que surgen después de la mayor derrota. De ahí que sean antes que nada resistencias, en tanto que la iniciativa, el tiempo de la ofensiva, está todavía por llegar. Por otro lado, esta derrota no fue como la del 39 (los desastres humanitarios quedaron de momento para el “Tercer Mundo”), sino que se realizó en “coproducción”, por emplear una terminología de cine. A la izquierda les fue permitido ascender socialmente en la medida en que servían en las instituciones, unas instituciones cuyos márgenes de reformas fueron cerrándose progresivamente. Así, las posible línea de mejoras sindicales o municipalistas todavía factibles parcialmente en los años ochenta, se fueron agotando; ahora para avanzar había que contar con la calle, como en Marinaleda o en fábricas como Miniwatt, en Barcelona. Esto es lo que explica que la derecha pueda hoy gobernar por mayoría absoluta, y con unos puntos organizativos de apoyo (CEOE, medias, Iglesia, etc), netamente superiores a los que tiene el pueblo. A este se le presenta sobre todo desde las luchas, y no en los teatros parlamentarios. Eso es lo que lo queda al pueblo: las plazas, las calles, donde se mueva una discusión. Antes el pueblo venía desde las empresas, ahora vienen desde los barrios, y desde ahí deberá de preparar su entrada en las empresas; si se pudo luchar contra los “grises” y contra la Brigada Político-social, tanto más se podrá luchar contra el desánimo y el individualismo. Se trata pues de trabajar por recomponer el tejido social destruido, hacerlo sin prisas pero sin pausa en base a unos programas de rechazo a la lógica y la cultura neoliberal. Llagados a este punto cabe la pregunta sobre sí es legitimo o no entablar una colaboración política con el PSOE más allá de acuerdos puntuales, en particular en los que se trate de cerrar el paso a la derecha. Si esto no queda claro, mal lo tenemos. Este es un punto de demarcación primordial porque por ahí se va a otra parte, pero rechazar el “colaboracionismo” con el engranaje PSOE significa por extensión oponerse al sindicalismo de “negociación” (¿cómo se puede negociar desde los despachos sin aceptar las “reformas”?), Esto significa igualmente, que hay que apostar por los movimientos, por su extensión, incluyendo quizás especialmente en todo en lo sindical. Si los sindicatos no van a los jóvenes, serán los jóvenes los que tendrán que dar puerta al sindicalismo de despacho. Tenemos pues, lo que queda del sindicalismo, y la gente que ocupa plazas y calles. Por cierto, aquí llegamos a un punto necesario de reflexión. El movimiento 15M empieza donde en un territorio abandonado por la vieja izquierda. Con su lógica asamblearia –perfectible, por supuesto- están ofreciendo una manera de respuesta al hegemonismo de las burocracias, dándole la palabra a los que luchan, a los que dan la espalda a los cargos. Por esa puerta –el cargo- se perdió Troya. Hablar de unidad es hacerlo de las confluencias, por la reconstrucción desde abajo. Desde este punto de vista, tendremos que construir una nueva cultura de la unidad. En ella debería de ser sagrada: la movilización, la asamblea, el movimiento, el debate libre, la pluralidad. Otros pasos en una unidad más efectiva pasarían por unificar criterios por estabilizar la marcha del 15M, ayudar a que funcione tal como se ha construido. Otro paso no menos importante sería fortalecer una izquierda sindical no sectaria o sea presente en todas las partes posibles, lo cual no es moco de pavo. En todo esto, sería muy conveniente tener una conciencia clara que las grandes tradiciones solamente sirven en la medida en que ayuden a dar respuestas a los problemas que nos asfixian el día a día, de lo contrario seremos como estatuas de sal. Tendremos que asimilar en serio que las diferencias no tienen porque ser ejemplos de revisionismo, oportunismo o de otros pecados (ajenos claro), sino que, por el contrario, tienen un sentido natural como expresión de la diversidad. De la pluralidad de las experiencias de la variedad de sus lecturas, y que como tales, pueden y deben ser acicates antes que obstáculos. Como lo fueron en otros tiempos, cuando sufrimos derrotas devastadoras que todavía estamos pagando. Ningún proyecto que no sea combativo, común y plural, servirá.

Modificado por última vez en Lunes, 21 Mayo 2012 00:27

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