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28 Ene 2013

La corrupción se apellida democracia

Escrito por  Proletario para sí
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Las protestas contra la corrupción política sólo vienen a evidenciar una incomprensión -históricamente determinadas por las relaciones sociales de producción capitalistas- tanto del desarrollo del capitalismo como del carácter de clase del estado democrático.

La crisis económica no es nueva. La economía global la viene arrastrando desde hace más de cinco años. Mas ésta ha ido hollando fenómenos sociales impensables en los últimos tiempos que, en el transcurso del 2012, se han revelado en toda su magnitud y extensión. A nivel global y también en el propio Estado español. Nunca antes el descrédito de la política en el país había sido tan grande. Nunca antes el Centro de Investigaciones Sociológicas había pensado incluir en su encuesta sobre las preocupaciones de los españoles la pregunta sobre la política y los políticos (la interesadamente llamada "clase política"). Y, para estupefacción general, en el último año no han dejado de escalar posiciones hasta el tercer puesto del ránking que ocupaban en la última publicada, sólo por detrás del desempleo y la situación económica. La sociedad clama al cielo porque ella sufre las recetas de la austeridad mientras día tras día se destapa un nuevo caso de corrupción política. Y se rebela oponiendo a la corruptela generalizada sus exigencias de justicia, transparencia, una legislación más dura con los ladrones de guante blanco, mas proximidad de los políticos a las preocupaciones de sus electores. Apelan al honor, al bien común y al interés general. Oponen principios democráticos a la democracia misma. No hay nada más democrático que la malversación y el tráfico de influencias de los genuinos representantes del interés general. La corrupción política se apellida democracia.

Luis Bárcenas está protagonizando el enésimo caso de corrupción en el reino de Borbón, sin dar ya da lugar a la sorpresa. Al ciudadano le resulta factible (es más, probable) pensar que los veintidós millones de euros han sido amasados de manera poco limpia y que es por eso que se encontraban a buen recaudo en un paraíso fiscal. Dice poco del actual partido de gobierno que hallamos asumido tan ricamente que su ex-tesorero (que fue imputado en el Caso Gürtel, con el subsiguiente apoyo público de la secretaria general y el presidente del partido y del gobierno) ha hecho el agosto de su vida en el seno de la organización del Partido Popular. Pero el sentir mayoritario sobre la corrupción no entiende de colores políticos: ahí está el PSOE andaluz con sus ERE y prejubilaciones millonarias, Unió Democrática con el desvío poco honesto de dinero para cursos de formación a los parados europeo para financiar las actividades andorranas del empresario Pallerols; y en cuanto a los minoritarios, manejan dinero del erario público de cuyo uso muy poquito sabemos. Están haciendo méritos para cimentar su propio descrédito social.

Pero no son estos casos aislados. No son manzanas podridas de una cesta que, con todo, se mantiene sana, según la tesis de la vicepresidenta Sáez de Santamaría. La corrupción forma parte del código genético del mismo sistema democrático. A ese respecto, Karl Marx lo tenía claro: "El Estado es el consejo de administración de la burguesía". Y como tal actúa en beneficio del crecimiento y expansión del capital, cuanto menos, del de aquellas fracciones de la burguesía más afines a las cúspides del poder de estado.Y si el estado, en sus diferencias instancias jerárquicas, no funciona todo lo rápido que el capital privado y público necesitan para la expansión de sus negocios, ahí está la corruptela para acelerar el proceso. La maquinaria burocrática forja, en sus estratos altos e intermedios, todo un entramado clientelar y caciquil en el que las cuotas y comisiones engrasan los engranajes del aparato para que éste funcione con la eficiencia necesaria. El engrase de la máquina burocrática es, en muchos casos, condición indispensable para que ciertos capitales movilicen la voluntad política institucionalizada (elaborando leyes, forzándolas o saltándoselas directamente) en aras de sus intereses inmediatos. Si hay que recalificar terrenos, se recalifican. Si hay que privatizar (o subrogar) la gestión del agua, pues ya está. La corrupción se mueve como el capital, de abajo arriba: los pequeños capitales buscan su oportunidad en los niveles más bajos de la administración. Los grandes, miran más alto y apuntan a las más altas instancias. Acumular capital es democrático. ¡Lo llaman democracia y sí lo es!

Por otro lado, la crisis de sobreproducción capitalista ha convertido en imperiosa la necesidad de una legislación que se adapte a las necesidades de acumulación del pequeño y mediano capital en expansión. La ley de libertad de horarios comerciales de las pequeñas superficies, que se vuelve de manera violenta contra los asalariados de esos mismos comercios (desregulación total de su jornada de trabajo); o la ley de unidad de mercado son ejemplos crasos y recientes de cómo los "emprendedores" tienen a merced de sus intereses al estado mismo. ¿Y aquí nadie ve un atentado al manoseado interés general? ¿O es que en estas medidas vendría a objetivarse el interés general?

Y finalmente, otro factor importante a considerar como estructurante de la corrupción es la externacionalización de servicios que la ya de por sí gigantesca estructura burocrática requiere para no adquirir unas dimensiones tan brutales que cualquier intento de control sería infructuoso. Basuras, servicios sanitarios, tratamiento de residuos, y otros muchos, muchísimos servicios y actividades son ejercidos por el estado vía empresas concesionarias que no siempre se granjean el monopolio de esa actividad mediante concursos públicos, y cuando lo hacen suele ser habitual que prometan costos más baratos a expensas de burlar los convenios y pagar por debajo del valor real de la fuerza de trabajo a sus trabajadores. Si, siguiendo a Paul Mattick, los directivos de las empresas deben sus retribuciones directamente a los beneficios de la empresa (no venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario, sino que participan en los dividendos de sus respectivas empresas); los políticos se comportan en estos casos como cualquier otro directivo, y sus comisiones o sobresueldos son su particular participación en el beneficio de las empresas a las que concedieron los servicios. Las "puertas giratorias" de la vida política a la empresarial son, por extensión, una forma adicional de participación en los dividendos.

Las astracanadas y soflamas pequeño-burguesas que braman contra este orden de cosas no son sino la propia confirmación de su impotencia. Enarbolan la fantasmagórica silueta de los principios democráticos impuestos a sangre y fuego sobre el proletariado (sin ir más lejos, en España en los años de movilización obrera de los setenta contra el fascismo y el capital), evidenciando el carácter de clase de tales reivindicaciones y la incomprensión -determinada conforme a unas relaciones sociales de producción dadas- de que los principios que esgrimen constituyen el envoltorio político-jurídico que el capitalismo requirió para el desarrollo de las fuerzas productivas y la extensión de las relaciones sociales de producción capitalistas en un determinado momento de su historia. También los industriales franceses exigían en la convulsa época de la II República un gobierno a bon marchè, un gobierno barato y eficiente. Y menos corrupción. No son casualidades del destino que esas reivindicaciones lleguen en forma de izquierda política hasta nuestros días. También ellos quisieron ver en sus propuestas una expresión sublimada del interés general.

El fin de la corrupción democrática no es culminación objetivada de la voluntad general porque no existe tal en una sociedad divida en clases. Más bien expresa las reivindicaciones de una pequeña-burguesía diletante que liga objetivamente su existencia como clase a la pervivencia de la explotación asalariada (a que la oposición capital-trabajo asalariado se siga resolviendo a favor del primero) pero que se ve de continuo sacrificada en los altares de las necesidades inmediatas del gran capital (liquidación de participaciones preferentes con quita, subidas de impuestos, etc.). Y como no se capacitada para sostenerse políticamente ni sobre unos ni sobre otros, hace del interés en su propia existencia el interés de todas las clases. Así lo reveló Marx en su obra La lucha de clases en Francia.

¿Saben en qué se concretará el interés general en el caso de la corrupción? No puede caber duda de que, de repatriarse los 22 millones de euros que Bárcenas tenía en Suiza, estos sufragarán las políticas activas del gobierno para estimular la internacionalización de la actividad de las PYMES, ese gran acuerdo alcanzado en la última cumbre iberoamericana celebrado a finales de 2012 en Cádiz. Remachamos: no existe el interés general en una sociedad dividida en clases, dominada por las relaciones de producción capitalistas que se nutren de la explotación de la mano de obra. La mera mención al mismo revela un filisteísmo conciliacionista que debe ser extirpado de las conciencias proletarias por interclasista, pequeño-burgués y absolutamente contrarrevolucionario. 

Modificado por última vez en Lunes, 28 Enero 2013 20:08

Comments  

-3 #1 frankistapuro 2013-01-29 20:06
donde aprendiste todo lo q sabes paleto? gentuza

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