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29 Dic 2013

La Navidad de los inmigrantes laborales Destacado

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Relato en primera persona sobre la inmigración joven derivada de la crisis.

Pasar las navidades como un inmigrante, como uno de esos 300.000 jóvenes que han salido de España en los últimos años, puede ser toda una experiencia. En mi caso, una experiencia nueva. Soy la primera en mi familia que sale del país, desde algún tíoabuelo huido a Alemania en los 60; estoy en el sur de Inglaterra, el lugar al que seguimos viniendo los que aún no nos hemos aventurado a decantarnos por las cada vez más solicitadas Suramérica o Asia. En la tienda en la que trabajo desde hace más de medio año, llevada por paquistaníes, han decidido no dar a nadie vacaciones en Navidad; cierran el único día –el veinticinco- que la ley les obliga.

Toca pasar las fiestas en la isla de las oportunidades; yo me lo tomo como un reto. Si no te ha doblegado ya la lluvia inglesa, el frío costero, el anochecer tempranísimo… es decir, el invierno anglosajón, ya has pasado la dura prueba. La nostalgia va a ser sólo un pequeño obstáculo más. En la tienda, las festividades del consumismo se traducen en trabajo extra; las colas se multiplican; toca reponer el doble y atender al doble de clientes hinchados de frío y felicidad navideña. Hay que limpiar neveras en diciembre, usar guantes a pares, con los dedos en la caja llenos de sabañones. Las compañeras de Estonia o Polonia dicen que este frío no es nada. Entre los trabajadores hay muchos paquistaníes, varias españolas y gente de Italia, de Francia, de Portugal… partículas de una biodiversidad que tienen una sola cosa en común: un buen puñado de quilómetros entre la casa y el hogar.

Por la tienda ha pasado mucha gente. Quienes se plantearon Inglaterra como una mera aventura, estudiantes de países como Finlandia, ya regresaron: a decir verdad, la mayoría hemos venido para algo más. Huyendo del paro, muchos, o de la falta de oportunidades, o de la precariedad. En concreto, yo y mis compatriotas hemos cambiado nuestro 57% de paro juvenil frente al 23% europeo, si las estadísticas aún no nos engañan. Hemos venido del país de Europa con más desempleo joven -después de Grecia-: la mitad de los jóvenes, allí, no tenemos trabajo. Y los colegas que sí lo tienen no están mucho más contentos, por lo general. Paro o precariedad: de eso huimos… o del malestar, terrible, de tener que elegir entre las dos.  

¿Y aquí? Bueno, lo dicho. Cobramos el mínimo, hacemos todas y cada una de las tareas que nuestro modesto inglés nos permite, tenemos un horario “flexible” (bonita palabra para unos leggins pero en lo laboral acaba significando “cuando le venga bien al boss”). Trabajamos entre cinco y diez horas y la media hora de descanso no es pagada. Algunos no tienen ni contrato; los sin papeles cobran menos del mínimo y hacen jornadas de hasta catorce horas… por lo general chavales paquistaníes con necesidades económicas y fecha de caducidad en sus visas. A las europeas nos respetan algo más, al menos. He oído de tiendas mucho peores (donde eso de la “flexibilidad” adquiere tintes esclavistas). Hoy, los jefes, a pesar de que son musulmanes, nos han dicho que estos días hay de desear a todos los clientes feliz Navidad.

 

Ser inmigrante laboral supone tender un vínculo con todos los inmigrantes laborales de otros momentos y lugares, hayan sido sus circunstancias más dramáticas o no. Una particularidad, quizás, es que nosotros ahora tenemos noción clara de lo que está pasando y por qué. Hoy esta evasión generacional no se achaca a un “desastre natural”, ni se considera que estos jóvenes fugitivos por desesperanza sean víctimas de una fatalidad sino de una auténtica y magistral estafa que ha llevado al país a las catacumbas y a ellos, al desasosiego de vivir sin un futuro. El colectivo Marea Granate intenta, desde hace tiempo, visibilizar la realidad de los miles de jóvenes arrojados a la carretera; trata de que el drama del disparado número de emigrantes forzosos no quede asociado con la banalidad del “espíritu aventurero”, sino que se conozcan las realidades: que es el sistema económico lo que hace el país inhabitable para los jóvenes y, al fin, los expulsa. Colectivos como éste no tienen un discurso victimista sino reivindicativo, y es por ello que me siento identificada. Su “no nos vamos, nos echan” es explícito: no hay La Razón ni ABC que puedan ya engañarnos a lo Goebbels, ocultarnos la realidad tras las estadísticas ni contarnos que, en realidad, nos vamos por placer.

Reivindicación, más que victimismo. En mi caso, vivir en el extranjero es un regalo que yo y no la crisis me he regalado, una escuela en la que todos deberían inscribirse al menos una vez en la vida. Sin embargo, lo mejor de viajar es tener una casa a la que regresar un día, como dicen: haberse ido con la pregunta “¿podré volver?” en mente no es la aventura ideal. ¿Se puede volver?, nos preguntamos todos los que nos hemos ido, al menos una vez, cuando hacemos eso que la vida nos fuerza a hacer que es mirar al futuro. ¿Se puede regresar al reino del paro juvenil? ¿Nos espera algo más a nuestra vuelta que unos brazos de bienvenida y, más tarde, la desilusión de siempre? ¿Seremos, realmente, fugitivos que se creen viajeros y que huyen felices porque se creen que viajan? En fin.

 

En nochebuena, la tienda está más busy que nunca. Los villancicos de este año son los intermitentes pitidos del escáner, las extenuantes horas en la caja sin un descanso, los trolleys llenos, las enormes jaulas por reponer… Thank you very much, have a lovely Christmas, y vuelta a empezar. Se vende a mansalva el pavo, el pudín, los ingredientes para el gravy, las coles de Bruselas. Les explico a mis jefes ingleses en qué consiste esa manía nuestra de “comerse las uvas”.

A las nueve de la noche, cuando la tienda cierra, varias españolas y yo preparamos una cena que sabe a culturas diferentes. Todas hemos hablado con nuestras familias por Skype. La distancia es más acuciada cuanto peor es la conexión a Internet que me permite este contrato de quince libras al mes. Me pregunto si el año que viene tendré silla, si estaré sentada con ellos y si podré ver caras y no píxeles. Quién lo sabe.

No me gusta pensar qué estaría haciendo si estuviera en Madrid, pero a veces lo hago. En fiestas igual me hubiera salido un currillo de esos de 80 pavos por dos días… de los de contrato navideño, de los de qué lejana parece ya la carrera, de los de caducidad al mes. Promotora, reponiendo, dependienta, al teléfono… ¿Luego?, dios diría. De nuevo a inflar los currículos, al INEM, a mendigar a las agencias… a olvidarme de hacer planes adultos, otra vez. Sí, una vuelta a la infancia, a la casa de los padres, por Navidad.

No hay que pensar “qué pasaría”: de momento, estoy bien aquí. Estoy bien, tengo curro, me he escapado vía Barajas de la lista negrísima del paro. He restado una cabeza a la lista de la EPA, he pasado de la protesta a la huída: soy un elemento cómodo de la estadística. Se lo he facilitado, en definitiva, a los que nos ponen obstáculos (porque la distancia es eso: otro pequeño obstáculo que nos han puesto ellos, y nada más).

Modificado por última vez en Domingo, 29 Diciembre 2013 15:10

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