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29 Ene 2014

Apuntes sobre una breve crónica de la visita de un príncipe Destacado

Escrito por  RENÉ BEHOTEGUY CHÁVEZ
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No comprendían que mientras ellos pasaban hambre y sus familias no tenían trabajo ni morada, las autoridades coloniales y el príncipe utilicen el dinero de los tributos en lujosos castillos o jardines de palmeras,
Cuenta un cronista popular que El Príncipe desembarcó en una de sus colonias de ultramar, acompañado de su guardia de más de cien caballeros para ser recibido por el virrey y las principales autoridades coloniales. El objetivo de su visita era inaugurar un lujoso castillo y unos imponentes jardines reales de palmeras. Los preparativos fueron impresionantes, tanto el despliegue de los caballeros reales vestidos con impecables armaduras azules como el de la guardia colonial que fue en su apoyo. Inclusive se pudieron observar ballesteros que, a manera de francotiradores, se apostaban en las construcciones aledañas al castillo para salvaguardar la seguridad del futuro monarca. No faltó la elegancia, la nobleza local asistió al acto ataviada con sus mejores galas, entre ellos además del citado Virrey se pudo observar a algún importante servidor de la corte, como el adelantado Conde de Soria y Repsol que, aún siendo nativo de las colonias, había logrado ascender a importantes cargos en la corte dada su absoluta fidelidad y sumisión a la corona.   A las afueras del castillo se apostaba el pueblo llano, algunos de ellos (en general los mayores) querían atrapar alguna sonrisa o saludo del príncipe que, según contaba la leyenda, al ser este elegido por Dios traían prosperidad y abundancia. Algo muy deseado por una población que soportaba los altos tributos a la corona, la falta de trabajo, la pobreza creciente, muchos de ellos comiendo de la caridad pública y aún siendo desalojados de sus moradas por los avariciosos prestamistas usureros y señores feudales.   Otro grupo de súbditos, que fueron rápida y convenientemente rodeados por los caballeros reales y la guardia colonial, se animaban a decir otras cosas. No comprendían que mientras ellos pasaban hambre y sus familias no tenían trabajo ni morada, las autoridades coloniales y el príncipe utilicen el dinero de los tributos en lujosos castillos o jardines de palmeras, cuestionaban también el supuesto origen divino de la corona al tacharla como una simple superstición exigiendo que sean ellos, el pueblo mismo, quien elija a los jefes del Estado, algunos también, los más osados, recordaban que las posesión que ostentaba el príncipe sobre estas tierras había sido impuesta a sangre y fuego. Exigían, por lo tanto, la retirada de las fuerzas coloniales y la devolución de estas tierras y sus recursos a sus legítimos propietarios.   Debo reconocer en todo caso, lo difícil que fue hacerse con la crónica completa de lo sucedido, porque los cronistas oficiales obviaron en sus relatos las protestas populares, centrándose exclusivamente en el repertorio de lujo y sonrisas falsas intercambiados entre el príncipe y las autoridades coloniales, la voz del pueblo al parecer no fue considerada relevante ni por ellos ni por un príncipe que, abstraído en la corte y ajeno a todo contacto con la realidad, salió del castillo saludando alegremente a un pueblo que lo despedía al grito de: ¡Fuera, fuera!   En resumen, un príncipe y sus cortesanos celebrando de manera pomposa el dispendio de las arcas públicas en castillos y jardines, un pueblo pasando hambre, viendo como lo ahogan en tributos, sin trabajo y con los usureros arrebatándoles la morada. Vamos, una crónica típica de la Alta Edad Media. A partir de ello es más fácil comprender la aparición de inventos posteriores como la guillotina.  
Modificado por última vez en Jueves, 30 Enero 2014 01:02

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