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20 Feb 2014

Somos cartógrafos

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Escribir es luchar, resistir: escribir es devenir, es cartografiar.

    Suelo, nada más. Suelo, nada menos. Suelo ni más ni menos, y que te baste con eso. La geografía vuelve para recordarnos que además del tiempo el espacio importa. Nada tira de nosotros hacia abajo. La única razón de que no nos caigamos es que la estructura del tiempo y del espacio en que existimos es curva. El suelo, como Caronte, aguarda. Dicen que a los que desaparecen despacio primero se les muere el cerebro humano, luego el cerebro de mamífero, luego el de lagarto. Este último intenta con su último soplo de energía mantenerlo todo en marcha. Es una especie de anhelo, una fuerza vital, la vida quiere vivir. Pero con el tiempo hay un nexo que se rompe. La energía deja de fluir por donde acostumbraba. La última batería se agota. Entonces morimos, volvemos a ser suelo.

  Un nuevo localismo espera, cuando la globalización amaine, que aparezca en el mapa una nueva línea de salida. La historia puede haber legado a su final, la geografía no. Si el nacionalismo fuera, como dijo Santayana, "la indignidad de tener un alma controlada por la geografía", el conformismo, en su formulación más identitaria, consistiría en tenerla dominada por la historia. Por la tiranía de la costumbre. Todos somos negros intentando pasar al otro lado de la frontera; nos estamos volviendo extranjeros, nómadas, como ellos no tenemos historia: sólo nos queda la geografía.

   Si andamos escribiendo por internet es porque escribir es luchar, resistir: escribir es devenir, es cartografiar, somos cartógrafos. Necesitamos mapas, guías del desfiladero. Se dijo que teníamos un cerebro capaz de leer y escribir antes de que aparecieran las palabras porque durante miles de generaciones sobrevivimos siendo capaces de  hacer mapas de los posibles itinerarios de caza, de recolección, de los posibles peligros, del camino a casa, antes de empezar a hablar.

   Más que programas para la acción futura, tendríamos que centrarnos en elaborar mapas de acción posible, croquis meticulosos donde aparezcan las barreras y los espacios que no pueden ser franqueados, así como los puentes, los vados y los desfiladeros por los que se puede continuar. Hemos elaborado mapas genéticos, estamos elaborando mapas neuronales, llevamos en el bolsillo móviles que nos dicen donde están las cosas, que recuerdan al que pueda interesar por dónde anda. Me despierto por la mañana con el mapa de la situación de los planetas y las estrellas en el cielo, luego veo el de las nubes que han pasado por encima de dónde me hallo, hasta aparecen en la pantalla mapas de cómo irán las cosas en las próximas horas o días. 

  El extraviado plantea mal la pregunta cuando pregunta: ¿Dónde estoy? Porque no se trata de eso sino de saber ¿Dónde están los otros lugares? Aunque para contestar consecuentemente a eso sería sólo importante si tuviera, si recordara, el mapa. Hay buenas razones para creer que los seres humanos estamos adaptados psicológica y neuralmente para comprender la información que se presenta en forma de mapa.

  Se dice que navegamos por internet. El navegante está siempre abajo, todo el día delante del mapa, de las cartas de navegación. Él nos dice cuánto hemos avanzado sobre el fondo, él nos dice el nuevo rumbo. Con el giro hacia la imagen (icon turn) lo que cuenta no es lo que se dice sino lo que se muestra. Cada vez hay más cosas que no pueden expresarse con palabras, sólo mostrarse. Lo que era lo místico para Wittgenstein ahora lo invade todo. Cada vez más próximos a los límites del mundo el lenguaje no dice de ellos, los muestra. Cuando se agrietan los mapas del recuerdo, quedamos como islas, encima de un mar muerto.

Modificado por última vez en Jueves, 20 Febrero 2014 15:57

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