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10 Abr 2012

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Escrito por  Diana Moreno
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Artículo literario sobre el peligro del lenguaje estereotipado y los indicativos engañosos a la hora de orientar a la opinión pública.
Lo de cambiarle las etiquetas a las cosas era un juego infantil con el que lo pasábamos bastante bien. Contenía imaginación y crueldad a partes iguales. En las horas del tedio pegábamos la etiqueta del aceite en el vinagre, y la del vinagre en el aceite. Le poníamos la de la manzana al jabón de manos, soñando con que éste amaneciera con un buen bocado y la casa con rastros espumosos. Le poníamos la etiqueta de “lavar en seco” de las camisas a las aburridas carpetas de facturas. Y la del yogurt a los botes de acelgas, para confundir caducidades. Y, siguiendo con la bobada, la etiqueta de la leche vacuna se la colocábamos al orujo, para futura desgracia de los lactantes de la casa. No solía colar, como es obvio, y nadie mordía el jabón ni emborrachaba a los churumbeles (en todo caso, alguna cocinera avinagró demasiado un plato, para nuestro deleite), pero en el tiempo de los simbolismos las etiquetas contaban más que otra cosa y la promesa del caos era francamente divertida. De esa tonta costumbre ya queda bien poco, precisamente porque crecer es aprender a mirar más allá de las etiquetas y, con esa nueva perspectiva, el juego pierde casi toda su gracia. Sin embargo, alguna que otra vez me acuerdo; concretamente, cuando algo se pone incoherente. Chirriante, si se quiere. Por ejemplo, cuando el cine intenta venderme un producto puritano y blandengue como lo más de la provocación por incluir imágenes de sexo, irreflexión y violencia, luego anuladas con un sermoncito de moraleja. O cuando algún grupito poprock que emule a los viejos punkis me cuenta, a gritos cabreados y llenos de aparente rabia antisistema, asuntos que contienen fresa, caramelo y matrimonio. Entonces imagino que hay alguien, algún niño aburrido, jugando a eso de cambiar etiquetas con la pérfida ilusión de crear confusiones y hacernos morder jabón y emborrachar churumbeles con orujo. Esos mocosos –o no tan mocosos- que se divierten cambiando etiquetas son bien conscientes de una cosa: que nosotros, por la razón que sea, nos las creemos a ciegas. Es lo más fácil, lo que se ve antes, y permiten rapidez para juzgar los elementos. Uno no necesita conocer a la persona si su etiqueta es la de cristiano o gay. Lo mismo ocurre si la etiqueta es la de un partido político, la de una ideología, la de un determinado gusto musical, o tribu urbana, o edad, o pasado. Cuantos más indicativos mucho mejor; mucho más rápido.Así es la cosa. Por esa confianza nuestra, creo yo que se nos podría colar cualquier cosa y convencer de cualquier mentira si la etiqueta es bonita y convincente. Que llamaríamos batracio a una vaca si el cartel encima de la vaca dice batracio y no vaca. Que nos tragaríamos términos como guerra preventiva e intervención humanitaria aunque la realidad incluya bombas. Que si los telediarios dicen que la guerra sigue “pese a los esfuerzos de la ONU”, no veríamos invasión alguna, sino un verdadero y benevolente esfuerzo. Que cuando Obama ignoró las protestas por liberar a Bradley Manning, el soldado que filtró las informaciones de Wikileaks y al que puede caerle una vida de cárcel, es Obama el bueno y el chivato el malo, porque hay etiquetas con mucho glamour, y entre ellas están las de “Salvador de América”, “Esperanza del pueblo negro” y, sobretodo, la de “Nobel de la Paz” (etiqueta especialmente deslumbrante y engañosa). Y, en fin, creo que con unos bonitos indicativos desordenaríamos sin problemas todos los términos. Que llamaríamos punk a Lady Gaga, actriz a Sandra Bullock, peliculón a lo de Antena 3. Y que morderíamos jabones, lavaríamos facturas y emborracharíamos con orujo a los churumbeles, si se diera el caso. Diana Moreno es periodista Blog del autor: http://cronicasdelotroladodelespejo.blogspot.com.es/
Modificado por última vez en Martes, 10 Abril 2012 23:18

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