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29 Mar 2013

La dignidad intacta

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"Lo que vino después del uno de abril de mil novecientos treinta y nueve ya lo sabemos todos. Manuel perdió la guerra. Perdió la posguerra. Perdió los mejores años de su vida."

Manuel Palma Arrebola era un gran hombre: bondadoso, idealista, solidario y muy trabajador. Murió en el verano del año dos mil dos, con noventa y un años de edad, después de sobrevivir a tres años de guerra, y a muchos más de humillaciones, vejaciones, torturas, violencia generalizada en distintos campos de concentración y batallones disciplinarios. Lo recuerdo como un hombre tranquilo, muy comedido, una persona muy razonable con la que se podía charlar sobre cualquier tema. Pasé muchos buenos ratos de conversación junto a él. Nunca me pareció que bajo esa actitud de hombre sosegado y tranquilo latiese un corazón radical ni nada por el estilo. Manuel era hermano de mi abuelo materno.

Había nacido en Aguilar de la Frontera en mil novecientos diez, en el seno de una familia humilde que trabajaba en el campo y era el menor de siete hermanos. Tanto su padre como su madre eran jornaleros que dependían de sus manos para sacar adelante a tan numerosa prole. Desde muy pequeño, —como casi todos los niños y niñas de la época, al menos, los pobres— tuvo que trabajar para ganarse el sustento. Tiempo de miseria. Y también, como muchos de sus coetáneos, no puso un pie en la escuela ni por error, y aun así había aprendido a leer y a escribir, por las noches, en los días de lluvia, a ratos perdidos, porque tenía una fe ciega en el poder que otorgaba la cultura.

Un poco antes de la guerra, en el cortijo donde estaba trabajando por aquellos días, el dueño de la finca le escamoteó una parte del jornal. Algo muy común en aquellos días. Tiempo de abusos. Pero Manuel y otros compañeros con conciencia ideológica y sindical no estaban dispuestos a cobrar menos de lo que les correspondía por el duro trabajo que habían estado desempeñando. Así que pidieron lo que en justicia les correspondía. Unos días después los fascistas se sublevaron. Poco tardó la máquina represiva en ponerse en marcha tanto en Aguilar como en otros municipios controlados por los facciosos. Alguien que lo conocía lo avisó de que su nombre figuraba en una lista elaborada por los señoritos con los nombres de los “rojos” que se habían atrevido a cuestionar el poder establecido, enfrentándose a ellos, exigiendo subidas salariales o simplemente reclamando su sueldo completo. Tiempo de delaciones. Tiempo de venganzas. Así que sin pensarlo dos veces, pues presentía lo que le esperaba si no lo hacía, decidió irse a Espejo, donde había quedado establecido el frente de guerra más próximo a Aguilar. Allí se unió a los milicianos, primero, y más tarde a lo que acabó convirtiéndose en el Ejército Popular de la República.

Lo que vino después del uno de abril de mil novecientos treinta y nueve ya lo sabemos todos. Manuel perdió la guerra. Perdió la posguerra. Perdió los mejores años de su vida. Sufrió, como ya hemos dicho, en su propia piel, la represión, la humillación, la vergüenza. Fue internado en varios campos de concentración. Allí, el hambre mortal, los piojos, la tortura, la miseria a gran escala, el frío invernal y el calor estival, fueron sus más fieles camaradas. Tiempo de dolor. Un viaje sin retorno a lo más profundo del corazón de las tinieblas, como dejara escrito Joseph Conrad. Y tras el largo periplo de internamiento, regresó al pueblo. Pero ya no volvía al mismo pueblo del que se había escapado para salvar el pellejo. Este era otro pueblo. Ahora, el miedo y la sospecha campaban a sus anchas. No se hablaba de los muertos. Como si las sacas, los paseos, los pelotones de fusilamiento frente a las tapias del cementerio, los tiros de gracia, no hubiesen existido jamás. Un tupido velo de silencio lo cubría todo. Las mentiras se convertían en verdades y las verdades en mentiras. Tiempo de prohibiciones. Tiempo de paranoias.

A Manuel y a los que eran como él, el franquismo los llamaba “desafectos”, es decir, que no sentían estima o que mostraban indiferencia hacia el nuevo régimen, hacia sus símbolos, hacia sus mandamases. Pero en realidad eran exiliados. Exiliados en su propia tierra, en su propio pueblo, en la calle que los vio nacer, en los campos donde se habían dejado media vida trabajando como mulos. Exiliados entre sus propios vecinos. Tiempo de tergiversar el lenguaje.

Y así fue trascurriendo la vida.   

A Manuel le disgustaba profundamente hablar de la guerra. Muchas fueron las ocasiones en que llevados por nuestra curiosidad de adolescentes, mi hermano y yo, le pedíamos que nos contase historias sobre aquel tiempo. Le preguntábamos, más de una vez, cómo eran los días en el frente, qué sentía un miliciano en las calurosas noches de verano o en los gélidos amaneceres tras una noche de guardia. Le preguntábamos sobre tal o cual político, le pedíamos información sobre los batallones en los que le tocó luchar, queríamos saber si había conocido a algún voluntario de las Brigadas Internacionales. Queríamos saber, más que cualquier otra cosa en el mundo, qué sintió cuando supo que la guerra, irremediablemente, estaba perdida. Pero él no contaba nada. Nos miraba con condescendencia, sonreía y se escabullía de la mejor manera posible. 

Pero había veces, muy escasas, en las que el dolor del alma le soltaba la lengua, y entonces sí contaba alguna anécdota. Como en aquella ocasión en la que nos relató un acontecimiento sorprendente: en el campo de batalla reconoció, a lo lejos, en el bando contrario, a otro joven de Aguilar que había sido reclutado de manera forzosa por el ejército nacional. Eran vecinos y amigos. Se habían criado juntos. Habían compartido sus miserias y sus anhelos y, cómo no, la misma ideología. Y ahora lo tenía allí, frente a él, luchando por una España en la que ni siquiera creía, luchando por una gente que venía a someterlo bajo el yugo del fascismo. Ese día Manuel lloró de rabia. Tiempo de luchas entre hermanos. Tiempo de amarguras. El otro chico, con apenas veinte años mal cumplidos, jamás regresó, ni vivo ni muerto, a su casa con sus padres, con su novia. Murió defendiendo los intereses económicos y sociales de sus enemigos de clase. Ironías del destino.

Un día mi hermano le preguntó si había matado a alguien: “Ojalá que no”, fue su lacónica respuesta. Luego, se levantó de la silla y se fue. Tardamos más de un mes en volverlo a ver.

Como ya he dicho, Manuel murió con noventa y un años de edad. Después de padecer tantas calamidades y sufrimientos, la vida le concedió una tregua. Tuvo suerte. Se casó con una mujer buena y tuvo un hijo. Sobrevivió al dictador y pudo ver restablecida la democracia, para gozar de un cierto grado de libertad individual y colectiva. Él, que había perdido una guerra, pero que siempre conservó la dignidad intacta.

NOTA: Este texto es uno de los capítulos incluidos en mi libro El llanto, la sangre, el fuego (Editorial Alhulia, 2012)

http://mimargenizquierda.blogspot.com.es/

Modificado por última vez en Viernes, 29 Marzo 2013 14:03

Comments  

+1 #1 6 de abril 2013-03-31 01:58
HOMENAJA A HUGO CHAVEZ
Dia 6 de Abril a las 18:00 tarde
Lugar: Auditorio Marcelino Camacho CCOO
C/. Lope de Vega, 40 Madrid
Con la participacion de reconocidas personalidades del mundo politico, academico y cultural de la solidaridad.
El acto contara con un programa musical

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