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04 Nov 2013

Larisa Reisner, escritora y profesional de la revolución. Una presentación. Destacado

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Larisa Reisner fue una de las revolucionarias y escritoras más increíbles de los años más creativos de la Rusia revolucionaria. Es por eso que hemos compuesto este “dossier”.

Apenas sí existe información en castellano sobre Larisa Reisner, una de las revolucionarias y escritoras más increíbles de los años más creativos de la Rusia revolucionaria. Es por eso que hemos compuesto este “dossier”.

Es muy poco lo que encuentra traducido al castellano, está, por ejemplo, el retrato que le hizo el Karl Radek oposicionista, pero la traducción del “Marxist Archives” es, con todos los respetos, horrible. Es por eso que hemos a la que hizo Manuel de la Escalera para la edición de ERA (México, 1972), de Los bolcheviques, traducción de la edición francesa de Maspero (1969, de Les bolchéviks par eux-mêmes, efectuada por Georges Haupt y Jean-Jacques Marie, que es el autor de las notas que acompañan el apartado de Larisa escrito por Radek.

ERA es la mayor fuente de conocimiento en castellano de Larisa ya que fue la editora de Hamburgo en las barricadas (México, 1981, tr. Isabel Vericat), una edición de original germana de Richard Cappell dedicada al admirado Georg Jungclas (Halberstadt, 22 de febrero de 1922-Colonia, 11 de septiembre de 1975), “Durante setenta años internacionalista revolucionario, una trayecto que comienza en las juventudes espartaquistas y que acabó con su muerte en la IV Internacional. La edición comprende además el texto de Radek, el de José Carlos Mariátegui sobre Hombres y fábricas (obra de la que hablaba con mucho entusiasmo Mª Teresa García Banús), así como de Viktor Sklovski, Boris Pasternak y Lev Soskovsky.

Igualmente se puede encontrar razón de Larisa en la obra de Paco Ignacio Taibo II, Arcángeles. Doce historias de revolucionarios herejes del siglo XX, que ha conocido varias ediciones, y cuyo capítulo –Larisa, las historias que cuentas, las historias que me gustaría vivir-  que la presenta así: De la historia maravillosa de la princesa roja del periodismo revolucionario, Larisa Reisner, al suicidio del primero de los puros ante una revolución que se desvanecía en el canibalismo estalinista…lamentablemente, la edición de ERA desapareció de las librerías con la crisis del peso mexicano, y desde entonces, no se ha vuelto a publicar ninguna otra obra suya.

Jean-Jacques Marie en su nota complementaria al texto de Radek, escribe:

Lev Nikulin escribe acerca de ella: "La naturaleza le había dado inteli­gencia, talento y belleza." Ser juera de lo corriente, Larisa Reisner cono­ció, en efecto, un destino extraordinario. Comisario del V Ejército —del ejército de Iván Smirnov, de Putna y Tujachevsky, del ejército que hizo retroceder a los checoslovacos que avanzaban paseando hacia Moscú; que detuvo a Kolchak, lo hizo tambalearse y recobró Siberia—; comisario del estado mayor de la -flota roja, miembro de la expedición de esa flota desde Astraján a Enzali; mujer de Fiador Raskolnikov, vicepresidente del soviet de Kronstadt, primer plenipotenciario soviético en Afganistán, con quien rompió al regresar de ese país; enviado del comité central del PCR en Saxe en 1923, testigo de la hora trece, pero apasionada de la insurrección de Hamburgo, sacudida infortunada de la revolución alemana fallida de 1923; muerta en 1926 de malaria a la edad de 31 años, pertenece a las figuras legendarias de la revolución hasta en su muerte: había con­traído la malaria en Persia y murió a causa de ella aproximadamente en el tiempo en que se suicidaban aquellos que, como Lutovínov, no pu­dieron soportar el contraste entre la Revolución de Octubre, o la guerra civil, y la URSS que estaba moldeándose bajo la férula del comité cen­tral, donde Stalin no parecía aún sino como el primus ínter pares. Mal­tratada por Raskólnikov, presa de unos celos mórbidos, se había convertido en compañera de Rádek. 

Larisa Reisner es pues todo un personaje. La biografía de Rádek le proporciona su plena dimensión; nos refiere un destino, más que una vida y es significativo que Rádek, cuya pluma era fácilmente digresiva, fanta­siosa y bufonesca, se haya limitado aquí a trazar un retrato sin retórica. Este retrato puede completarse con las siguientes líneas de Trotsky en Mi vida, que, como se verá, contienen pequeñas inexactitudes: "Larisa Reisner ocupó un puesto importante en el V Ejército, como también en toda la revolución. Esta bella joven que había deslumbrado a tantos hom­bres, pasó como un meteoro refulgente sobre el fondo de los acontecimien­tos. A su aspecto de diosa del Olimpo, unía un espíritu finamente irónico y la valentía de un guerrero. Cuando Kazan fue ocupada por los blancos, se dirigió disfrazada de campesina al campo enemigo para espiar. Pero su presencia era demasiado extraordinaria. La detuvieron. Un oficial japonés del servicio de espionaje la interrogó. Pero durante una interrupción del interrogatorio, logró escabullirse por la puerta mal guardada y desapare­ció. Desde entonces trabajaba en las patrullas de reconocimiento. Des­pués, en los barcos de guerra, participó en los combates. Consagró a la guerra civil ensayos que quedarán en la literatura. Describió, con no menos brillantez, las industrias del Ural y la insurrección obrera del Ruhr. Que­ría verlo todo, conocer y participar en todo. En unos pocos años se había convertido en un escritor de primerísimo orden. Esta Pallas de la revolu­ción, salida indemne de las pruebas del fuego y del agua, fue arrebatada de improviso por el tifus en la tranquilidad de Moscú; apenas tenía treinta años." 

Intérprete y testigo de numerosos momentos decisivos de la revolución, quedó en la historia como testigo. Rádek está en lo cierto al subrayar que En el frente es una de las mejores obras inspiradas por la guerra civil. Esas 130 páginas la evocan mejor, de Kazan a San Petersburgo, que varios tomos de historia. Ésta es la razón de que, en la selección de Larisa Reisner, publicada en la URSS en 1965, En el frente esté muy mutilada: el testimonio es demasiado veraz. .

 

 

KARL RÁDECK

 

LARISA MIJÁILOVNA REISNER

 

Larisa Mijáilovna Reisner, hija del profesor M. A. Reisner, comunista, nació el 1 de mayo de 1895 en Lublin, en el reinado de Polonia, donde su padre enseñaba en el instituto de agronomía de Pulawy. Transcurrió su infancia en Alemania y allí fue a la escuela primaria (en Berlín y en Heidelberg), donde creció en la atmósfera creada por los estrechos vínculos que unían a su padre a la emigración revolucionaria y a los círculos diri­gentes de la socialdemocracia alemana. Ella se impregnó allí también de cultura alemana. Los años pasados con sus padres en París ampliaron el círculo de las aficiones culturales de la niña. En Rusia se educó en el am­biente de la derrota de la primera revolución y desde el instituto se pusie­ron de manifiesto las capacidades literarias y el temperamento revolucio­nario de Reisner. A edad muy temprana comenzó a estudiar literatura, después sufrió fuertemente la influencia del amigo de sus padres, Leóni­das Andréiev, quien hizo que estudiara la historia de la literatura.

El dra­ma Atlántida, que ella escribió a los 17 años y se publicó en las ediciones Shipovnik, atestigua que la influencia de Andréiev no se extendía a sus ideas. Ese drama describe el intento de un hombre de salvar la sociedad por medio de su sacrificio personal. Las fuentes de donde Reisner tomó el contenido de su drama (La historia del comunismo de Pellman, entre otras) muestran claramente en qué medio ideológico vivía entonces. Desde el principio de la guerra sintió profundamente el hundimiento de la social­democracia internacional y la evolución de la intelligentsia rusa hacia el chovinismo. La ruptura de sus padres con Andréiev, por este motivo, me­reció su más completa aprobación. El sentimiento de que le era imposible mantenerse ajeno a la lucha contra la guerra llevó al profesor Reisner a publicar la revista Rudin, que tanto por su forma (prestigiosas caricatu­ras de los desertores que se habían pasado al campo del patriotismo) como por su contenido, representaba la protesta fulgurante de un grupo aislado de intelectuales revolucionarios contra la guerra. El alma de Rudin era la joven Reisner, que publicaba allí no sólo poemas notables por su for­ma, sino también un conjunto de reportajes llenos de humor. Toda la lu­cha contra la censura, así como las preocupaciones de orden relativas a la edición, pesaron sobre ella. Cuando, por falta de medios, cesó la publica­ción de Rudin, empezó a colaborar en Létopis de Gorki. En 1917, desde antes de la revolución, Reisner entró en contacto con los círculos obreros. La revolución de febrero la situó de lleno entre los adversarios de la coalición con la burguesía. Una sátira hiriente contra Kerensky, publicada en Nóvaya zhizn no sólo suscitó los ataques de la prensa burguesa, sino que asustó a la propia redacción del órgano de Gorki. Reisner entró entonces en contacto con las grandes organizaciones obreras y los círculos de estu­dios de los marinos de Kronstadt. 

La Revolución de Octubre tuvo en ella un eco profundo. En los meses primeros que la siguieron, trabajó en la conservación de los monumentos de arte, lo que hizo, no con la sensación de estar salvando el arte antiguo de la invasión de los bárbaros, sino como el trabajador que conserva la mejor herencia del pasado para los hijos de un orden nuevo. Pero el co­mienzo de la guerra civil no la dejó seguir en su cargo. Fue arrastrada a la lucha directa en Sviazhsk, cerca de Kazan, donde se formó realmente el Ejército Rojo, luchando contra los checoslovacos; Reisner combatió con las armas en la mano y en las primeras líneas, como lo atestiguan quie­nes participaron directamente en esos combates (véase A. Kremlev Krásnaya zvezdá del 14/11/1926). 

Asimismo, más tarde, tomó parte en la expedición y en todos los com­bates de nuestra flota del Volga. Un testigo de esos combates, el viejo ofi­cial de carrera, F. Novitsky, refiere (en Izvestia del 12/11/26) el respeto que esta joven revolucionaria inspiraba a los viejos soldados por su intre­pidez en las situaciones más difíciles. Una vez terminada la lucha contra los checoslovacos y liberado el Volga, Reisner, adherida a la flota roja, fue nombrada comisario del estado mayor de la marina. Su entusiasmo y su delicadeza, unidos a una inteligencia reflexiva, le conquistaron el res­peto de los oficiales superiores de la antigua flota, quienes, como el almi­rante Altfater y como Berens, estaban necesitados, al entrar al servicio de los soviéticos, de que un ser viviente les ayudara a acercarse a la revolu­ción. 

Cuando, en la lucha contra Denikin, entró de nuevo en juego nuestra flota, Reisner la siguió desde Astraján a Enzeli. Terminada la guerra ci­vil, Reisner habitó en Leningrado, tratando de estudiar, directamente en la fábrica, la vida de las masas obreras; le causó una pena infinita la re­belión de Kronstadt y el principio de la NEP; llena de angustia por el por­venir de la Rusia soviética, partió para Afganistán, como esposa del re­presentante plenipotenciario soviético F. F. Raskólnikov. En Kabul, ante la lucha diplomática que mantenía la representación soviética contra el imperialismo inglés, no se limitó a ser una simple espectadora. Tomó par­te personalmente en esa lucha diplomática, entrando en contacto con el harem del emir, que desempeñaba un papel considerable en la política afgana; estudió la política india de Inglaterra, en la que Afganistán ha­cía el papel de avanzada, y el movimiento nacional indio. 

Al regresar de Kabul en 1923, publicó En el frente y Afganistán. La primera obra quedará como uno de los grandes monumentos literarios so­bre nuestra guerra civil. Muestra con qué finura y atención observa el autor no sólo a los héroes y a quienes dirigían la lucha, sino a la misma masa que luchaba directamente. En octubre de 1923, fue a Alemania con una doble finalidad: debía dar al obrero ruso una imagen de la guerra civil que allí se preparaba bajo la influencia de la ocupación del Ruhr por los franceses y de la crisis económica. Asimismo, en caso de una toma del poder en Sajonia, debía servir de agente de enlace entre la parte del CC del Partido Comunista Alemán y de la representación de la Komin-tern que se encontraba en Dresde y la otra parte. Pero la evolución de los acontecimientos en Sajonia no permitió siquiera que Reisner comenzara a cumplir las misiones que le habían sido confiadas. Encontrándose en Berlín en los momentos más penosos que siguieron a la derrota de Sajonia, ayudó a los representantes de la Komintern, que vivían en plena conspi­ración, a orientarse hacia el estado de espíritu de las masas. Se ponía en las colas de los desocupados ante la bolsa de trabajo y en las tiendas; asis­tía a las reuniones de las fábricas, a los mítines de la socialdemocracia; iba a los hospitales y participó en las primeras manifestaciones que se lo­gró organizar, pese a la disolución del partido comunista por el gobierno. 

Al saberse la sublevación de Hamburgo, Reisner fue allí apresurada­mente, pero la sublevación fue aplastada tan pronto que llegó demasiado tarde. 

Recogió de las familias de los fugitivos que tomaron parte en la suble­vación informaciones sobre la lucha heroica del proletariado de Hambur­go y penetró en las salas de justicia donde se juzgaba a los vencidos. Com­probó los documentos reunidos por medio de aquellos que tomaron parte en la sublevación y, de regreso a Rusia, con su Hamburgo durante las barricadas, publicado en el número 1 de la revista Zhizn, dejó un libro único en su género, que no tuvieron ni la sublevación finlandesa ni la Hungría soviética. La censura y la justicia del imperio alemán prohibie­ron la publicación del libro y ordenaron que fuese quemado. Un esteta del periódico liberal Frankfurther Zeitung, protestó contra esa sentencia en nombre de las altas calidades artísticas del libro, pero el tribunal de clase de la contrarrevolución alemana sabía lo que hacía: destruyó el libro que, para el proletariado alemán, mantenía el espíritu de la sublevación de Ham­burgo. Reisner fue a los Urales a estudiar las condiciones de vida del pro­letariado. Ese viaje no significaba sólo para ella el logro de una finalidad literaria. La NEP le inspiraba dudas que trataba de disipar en la vida con­creta y encontró en la penosa labor de los metalúrgicos y de los mineros, en el trabajo que realizaban nuestros administradores en los burgos olvi­dados de los Urales, una respuesta a la pregunta: ¿estamos construyendo el socialismo o el capitalismo?

Regresó llena de esperanzas en nuestro por­venir y se lanzó al estudio de la edificación de nuestra economía. Aban­donó los libros para ir a visitar una región textil, en el bajo Don. El li­bro El hierro, el carbón y los seres vivientes describe al proletariado ruso en el trabajo. Este libro se distingue en el plano artístico por el hecho de que Reisner, que se crió entre perfeccionistas y que poseía un estilo muy re­finado, se puso a escribir de manera más simple, más asequible a las ma­sas laboriosas. No se trataba de una simplificación artificial, sino que era el resultado de su acercamiento a los obreros durante los viajes que efectuó como propagandista en las unidades técnicas de la guarnición de Mos­cú. En 1925 sufrió de malaria, contraída durante su expedición a Persia, y fue a curarse a Alemania; pero ni la enfermedad le impidió establecer contacto con el proletariado de Hamburgo. Dejó su retiro de la clínica donde estaba en tratamiento para participar en una manifestación orga­nizada por los comunistas de Hamburgo y, un poco restablecida, recorrió Alemania para estudiar la situación de la clase obrera y los cambios socia­les que se operaban sobre la base de la estabilización.

También penetró en el laboratorio técnico de los junkers, la fábrica de Krupp; en la enor­me imprenta de Ulstein y por último en las minas de carbón de Westfalia, en las viviendas de los obreros, edificios cuartelarios cargados de mi­seria. El libro En el país de Hindenburg, más que un reportaje literario, es un gran lienzo del fondo social y político, pintado de mano maestra por quien estaba estrechamente relacionada con la lucha de la clase obre­ra. Terminado este trabajo, se dedicó al estudio de los documentos con­cernientes a la sublevación de los decembristas. Sus ensayos sobre Trubetskoy, Kajovsky y Steingel, que han suscitado las alabanzas del mejor de los historiadores marxistas rusos, constituyen al mismo tiempo, en el plano artístico, la mejor de sus obras. Pero ella no llegó a ver ese trabajo im­preso. Con la mente repleta de los planes del libro, que debía pintar la existencia de los obreros uralianos en los tiempos de la rebelión de Pugachev, del capitalismo y del poder de los soviets, y, simultáneamente, de los planes del libro que debía trazar en sus grandes líneas la lucha emanci­padora del proletariado, cayó enferma de tifus.

Su organismo minado por la malaria ya no resistió y el 9 de noviembre de 1926 Larisa Reisner murió en el hospital del Kremlin. Con ella desapareció, en el umbral de una vida pletórica de creación, una combatiente comunista que, parti­cipando directamente en esa lucha emancipadora del proletariado, estaba llamada a pintarla de un modo artístico. Con ella desapareció una comu­nista profundamente ligada a la clase obrera rusa que, gracias a una gran cultura, había sabido al mismo tiempo ligarse al movimiento revolucionario de oriente y de occidente. Con ella, en fin, desapareció una mujer profun­damente revolucionaria, precursora de ese nuevo tipo humano que nace en los tormentos de una revolución. —k. rádek. 

 

SVIASK, POR LARISSA REISSNER

Extracto de Larisa Reisner sobre la defensa de Sviask por parte del Ejército Rojo del cual formaba parte. Una descripción sobre la fraternidad en el medio de una guerra en defensa de la Revolución. 

“¡Fraternidad! ¡Pocas palabras de las cuales se había abusado tanto y que se había vuelto tan despreciable! Pero la fraternidad, en el momento de penuria extrema y de peligro, está allí, olvidada de sí misma, sagrada, inmensa y única. ¡Y nadie jamás vivió ni conoció nada de la vida si jamás pasó la noche en la tierra con ropas gastadas y destrozadas pensando todo el tiempo cuán maravilloso es el mundo, infinitamente maravilloso! Que aquí lo viejo fue destruido, que la vida se bate las manos desnudas por su verdad irrefutable, por los cisnes blancos de su resurrección, por cualquier cosa infinitamente más grande e infinitamente mejor que este pedazo de cielo estrellado que aparece, en la ventana oscura del pavimento quebrado, para el futuro de toda la humanidad.

Una vez por siglo, se entra en comunión y una sangre nueva es transfundida. Estas palabras espléndidas, estas palabras casi inhumanas en su belleza, y el olor del sudor viviente, el viviente sudor de los otros que duermen con ustedes sobre el piso. Basta de pesadillas, basta de sentimentalismos. Mañana el alba se elevará y el camarada G., un bolchevique checo, preparará una omelet para toda la “banda” y el jefe de estado mayor se pondrá una camisa tiesa por la helada, lavada durante la noche. Un día comienza, durante el cual alguien va a morir pensando en su último segundo que la muerte es una cosa como otras y para nada la principal, que una vez más Sviask no cayó y que sobre el muro polvoriento aún está escrito: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

 

 

José Carlos Mariátegui

 

"HOMBRES Y MAQUINAS", POR LARISA REISNER  

 

Alvarez del Vayo habla en dos de sus libros —Rusia a los doce años y La Senda Roja— de esta extraordinaria figura de mujer que un libro editado en español por la Editorial Cenit nos revela íntegra e impresionantemente: Larisa Reisner.

Las agencias telegráficas, la gran prensa, no han señalado acaso nunca este nombre al público internacional. Larisa Reisner es, sin embargo, una figura histórica, una de las más grandes y admirables mujeres de nuestra época. Muerta en 1925, en plena juventud, en gozosa creación, no ha dejado sino dos libros: el que acaba de publicar la Editorial Cenit, Hombres y Máquinas, y otro de impresiones y escenas de la guerra civil en Rusia, El Frente. Pero, heroína de la revolución social, gran artista, gran escritora, Larisa Reisner no necesitaba escribir sino estas páginas vivientes, densas, logradas, de Hombres y Máquinas para que su mensaje llegase a toda la humanidad.

El prólogo que Karl Radek ha escrito para la obra de Larisa Reisner, es una magnífica presentación de la revolucionaria y la autora. Larisa nació en una ciudad de la Polonia oriental el 19 de Mayo de 1895. Su padre fue un profesor de estirpe báltica que en sus estudios y exilios en Europa occidental, sustituyó su vago idealismo de intelectual burgués por las sólidas concepciones del intelectual marxista. En Alemania, disfrutó del trato de hombres como Babel y Liebknecht, mientras la pequeña Larisa se familiarizaba en la escuela con esos niños obreros a los que años más tarde debía reencontrar en las jornadas de la insurrección comunista. En la cátedra de Derecho de la Universidad de Petrogrado, persiguieron al profesor Reisner —fautor de la doctrina que, predicada por un manípulo heroico, ganaría en Octubre de 1917 el poder— las sórdidas ojerizas de los profesores que en esa Universidad representaban la ideología liberal o kadete. En esta lucha, librada con voluntad y convicción inquebrantables, se formó el espíritu de Larisa que a los dieciocho años, en 1913, acometió ambiciosamente su primera empresa literaria. Pero la verdadera iniciación de Larisa como escritora se cumplió bajo el signo de la guerra. La familia Reisner, con ese ingente y asombroso espíritu de sacrificio y de combate, de que se alimenta la historia de la Revolución de 1917 y que explica todas sus victorias, publicó bajo la guerra una revista que denunciaba la traición de los revolucionarios que en Rusia, como en los otros países, hallaron razones para justificar su consentimiento a la matanza. La Revolución tuvo en Larisa a uno de sus intrépidos combatientes. Su instinto revolucionario no le permitía ninguna ilusión respecto al régimen de Kerensky. La preservó, luego, de la hostilidad y la incomprensión de la Inteligencia ante el advenimiento al poder de los consejos de obreros y soldados. «Esta mujer, profundamente creadora —explica Radek— penetró en el sentido creador de la Revolución y por eso la abrazó en cuerpo y almas». En los primeros meses de la República Soviética, Larisa colaboró en la obra de Lunatcharsky, encargado de salvar de la tormenta revolucionaria los tesoros artísticos de Rusia, guardados en gran parte en las mansiones de la aristocracia caída. Pero Larisa, ansiosa de batallas más activas, no podía contentarse con este rol modesto de experta en materia histórica y artística.

Cuando la reacción, subsidiada y excitada por los ex-aliados de Rusia, amenazó a los Soviets, Larisa marchó a ocupar un puesto en el frente. El brío de sus veintitrés años no se avenía con un trabajo de conservador de museo. Larisa peleó por los Soviets como un soldado. Fue una Juana de Arco proletaria, que milagrosamente escapó muchas veces a la muerte en manos de los enemigos de su fe. El Frente es el libro que recoge su testimonio de esta lucha.

En 1920, Larisa Reisner acompañó a Cabul a su marido Raskolnikow, nombrado Embajador de los Soviets en Afganistán. En la corte del Emir, la diplomacia imprevista de los Soviets debía sostener difícil batalla con la diplomacia profesional y avezada de la Entente.   Tenía, por fortuna, un aliado: el vigilante sentimiento de independencia nacional, de este sentimiento nacía el lenguaje de la amistad. Toda la primera parte de Hombres y Máquinas es una serie de apuntes del Afganistán que conoció Larisa en los días más tormentosos de la Revolución. La danza de las tribus campesinas, expresa a Larisa, mejor que ningún otro mensaje, el amor del pueblo afgano a su libertad. Occidental por su educación y su raza, Larisa Reisner descifra, sin más ayuda que la de su aguda intuición de mujer y de artista, la sonrisa y el ritmo de Oriente.

A fines de 1923, en los días álgidos de la ofensiva proletaria, que siguió a la ocupación del Ruhr y la bancarrota del marco, Larisa Reisner marchó a Alemania, a Dresden, frente más vasto y activo de la Revolución. En Rusia, bajo el comando de Lenin, el proletariado consagraba su esfuerzo a las jornadas sin romanticismo y sin alegría de la Nep.   Larisa amaba al proletariado alemán, desde los tiempos en que, durante un exilio de su padre, le tocó frecuentar la escuela de Zehlendorf.

La segunda parte de su libro está formada por sus escritos de esta etapa de agitadora "en el país de Hindenburg". Faltan las páginas de su folleto Hamburgo en las barricadas que la justicia alemana condenó al fuego. No es la batalla proletaria lo que se describe en esta crónica de un viaje por la República Alemana. Larisa se propone, más bien, ofrecernos una versión del país de Hindenburg. Las páginas que dedica a la casa Ullstein, son un finísimo ensayo de psico-fisiología de la gran prensa. A través de las publicaciones de Ullstein —Berliner Morgenpost, La berlinesa práctica, B. Z. am Mittag, Illustrierte Zeitung Sport—, Larisa analiza sagazmente los gustos del gran público y la técnica del periodismo que lo informa y orienta. Luego, sus cabales bocetos Junkers y Krupp y Essen, nos confirman su admirable y certero poder de representación de la Alemania de Hindenburg, mitad monárquica, mitad republicana. No hay en esos escritos una sola descripción de panfletaria. La buida mirada de Larisa ilumina todos los ángulos internos del caso Junkers y del caso Krupp. Y es imposible decir si la escritora acierta más en las dos rápidas biografías de la Alemania industrial y militar o en los patéticos retratos de tipos vistos "en los campos de la pobreza".

El drama de la desocupación, de la miseria subvencionada por el Estado con un subsidio que "si es poco para vivir es demasiado para morir", de la pobreza alojada en los viejos cuarteles de los suburbios de Berlín, está entera y terriblemente expresado en estos breves relatos de Larisa.

Pero es la tercera parte del libro —Carbón, hierro y hombres vivientes— la que individualiza a la escritora. Sólo las mejores páginas de El Cemento de Gladkov son comparables a esta descripción potente de la epopeya obrera en la Rusia de los Soviets El escenario de los hechos que Larisa escruta es mucho más dramático que el de El Cemento. No es el proletariado de la usina, de la industria, el que Larisa nos muestra, sino el proletariado de las minas. La tremenda fatiga de las muchedumbres que trabajan en los yacimientos de platino o en las galerías de carbón, es el tema de sus relatos. La mina, en la descripción de Larisa, no es sólo el averno negro y pétreo que la literatura corrientemente entrevé: el espíritu del hombre incansable en el descubrimiento de la belleza, sabe iluminarla también con su poesía. La lucha con una naturaleza mineral y violenta, consume aquí todas las energías de los hombres pero aun así, hasta estos oscuros y distantes cauces de la savia humana, llegan inflexibles la voluntad y el esfuerzo de crear un orden nuevo.

 

 

NOTAS: 

 

   Publicado en Variedades: Lima, 28 de agosto de 1929. Y en Repertorio Americano: Tomo XIX, Nº 14, p. 215; San José de Costa Rica, 12 de octubre de 1929.

   Alianza militar entre Inglaterra, Francia y Rusia durante la Primera Guerra Mundial (1914-18).

   "Nueva Política Económica", adoptada en la Unión Soviética transitoriamente. Consistió en un conjunto de medidas que perseguían una menor intervención del Estado.

 

 

 

Modificado por última vez en Lunes, 04 Noviembre 2013 18:24

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