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14 Ago 2013

Las políticas imperiales: El garrote y la zanahoria Destacado

Escrito por  Miguel Guaglianone
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En una de sus campañas electorales (creo que fue en la última) Barack Obama dijo que para llevar adelante la política exterior de su país, sabría equilibrar “el garrote y la zanahoria” para defender los intereses de los Estados Unidos en el mundo.

 

 

Sin embargo lo que viene aplicando últimamente su administración (personera de los poderes verdaderos: el complejo militar-industrial, las grandes corporaciones, el gran capital y las derechas) es sobre todo la estrategia del garrote. Si bien muchas veces no con su aplicación directa (numerosos son los problemas actuales del Estado norteamericano que dificultan aplicar directamente la invasión militar armada) por lo menos con la amenaza de usarlo.

 

Así, frente a cada situación de la compleja geopolítica internacional, la respuesta de la Casa Blanca viene siendo en los últimos tiempos la amenaza desbocada, con voz potenciada por las cadenas internacionales de medios corporativos. Toda respuesta diplomática está apoyada (por lo menos en el discurso) por la fuerza.

 

Lo más triste es que esta forma de encarar las relaciones internacionales no les viene siendo nada efectiva. Están estancados en los conflictos bélicos en los que participan directamente. En Irak, dónde los EEUU han retirado la mayor parte de sus tropas regulares, las tropas sustitutas que dejaron resguardando sus intereses, los “contratistas privados” (que son utilizados porque tienen menos control internacional de sus acciones, porque parecen una forma más barata de mantener la guerra, y porque las grandes corporaciones del complejo militar-industrial obtienen pingües ganancias de la “guerra privatizada”) no logran contener la escalada de violencia creciente, en una nación a la cual destruyeron su infraestructura y su Estado y convirtieron en un caos donde diferentes facciones armadas se enfrentan diariamente en una lucha a muerte.

 

En Afganistàn la situación no es mejor. Los distintos factores de la resistencia (talibanes y otros grupos que combaten al invasor) siguen manteniendo un conflicto armado cotidiano, reflejado en múltiples atentados (desde emboscadas hasta bombas) que dejan un continuo saldo de muertos, tanto en la población civil como en las tropas de ocupación (estadounidenses y de sus aliados). La situación ha llegado a tal punto, que el gobierno títere de Hamid Karzai, colocado allí por EEUU, hoy está enfrentado a sus mentores, obligado por la gravedad de la situación interna que han provocado en el país y que los invasores no parecen capaces de resolver. Mientras tanto, las intenciones de la Casa Blanca de retirar sus tropas se ven obstaculizadas por esta situación, y la previsión es que de lograrlo, la situación caería rápidamente en un estado similar al de Irak, de violencia desatada incontrolable.

 

En Pakistán y sus alrededores, el uso sistemático de los drones (aviones sin piloto) para realizar los “asesinatos selectivos” que se supone dejarán a las resistencias (sobre todo a los talibanes) fuera de combate, no parecen dar resultados más significativos que la gratuita matanza de civiles y el recrudecimiento del odio hacia quienes la provocan por control remoto.

 

Libia se ha convertido en un “agujero negro” para los medios corporativos, que ocultan sistemáticamente su situación. Sin embargo de vez en cuando se filtra alguna información que muestra como no existe un control central desde el gobierno del Consejo de Transición impuesto por EEUU y la OTAN. Distintas facciones, que fueron financiadas, entrenadas y armadas para combatir a Kadaffi, siguen todavía en pie de guerra por sus propios fines, combaten entre ellas y realizan acciones que dejan muertos y heridos civiles (los que siempre pagan).

 

En América Latina, la política de la Administración Obama de impulsar la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) para enfrentar los esfuerzos integracionistas de la UNASUR, el ALBA, el MERCOSUR y la CELAC, en un principio pareció ser exitosa, pero viene enlenteciéndose en la medida que el gobierno de Piñera baja su apoyo a la alianza, que el gobierno de Santos oscila (la repotenciación de las relaciones con Venezuela es un ejemplo) y que los mecanismos de integración responden efectivamente (la última cumbre del MERCOSUR es el ejemplo).

 

En Siria, la situación para los intereses estadounidenses parece estar en pleno declive (lo vemos más adelante en detalle). Respecto a la relación con otros países emergentes, la amenaza del garrote tampoco viene siendo muy efectiva, sobre todo en los casos de China y de Rusia. La destemplada altanería mostrada sistemáticamente no produce en ninguno de ambos casos los efectos deseados, por más que la derecha norteamericana se desgañite condenando a ambas naciones como enemigos potenciales.

 

El caso Snowden se ha convertido en paradigmático de la estrategia del garrote. Nunca en tan poco tiempo los Estados Unidos amenazaron a tanta gente, con una fanfarria amplificada y transmitida diariamente a través de los medios corporativos a escala global. Amenazaron en general a cualquier país que se atreviera a dar asilo político a Snowden, amenazaron en particular a América Latina, (primero a Ecuador y luego al resto de los países de la región) al saber que el “prófugo” desde el aeropuerto de Moscú había solicitado asilo a 19 países y varios del continente estaban dispuestos a dárselo. Y amenazaron directamente desde el principio a Rusia, primero exigiéndole la entrega de Snowden y luego “prohibiendo” que le concediera el asilo.

 

Como ya dijimos en otras ocasiones, Rusia no es un contrincante fácil. Se trata de un país emergente, que cuenta con inmensos recursos naturales (sobre todo de combustibles fósiles), que tiene una gran capacidad tecnológica heredada de la Unión Soviética y que sigue desarrollándose constantemente, que cuenta con un poderoso y actualizado arsenal nuclear, capaz de disuadir aún al más poderoso adversario, con unas fuerzas armadas numerosas y muy bien entrenadas y pertrechadas, y que en estos momentos de avance de la multipolaridad está logrando acuerdos con aliados no tradicionales a lo largo del mundo (potencia su relación con China, abre su influencia en África, Asia y América Latina). Y para completar el cuadro está comandada por Vladimir Putin, un hombre formado en el área de la inteligencia durante la guerra fría (ex KGB) y que se ha ido convirtiendo en un estadista maduro, que conserva la tradicional paranoia rusa hacia Occidente, y que está considerado como un “duro”, que ha aprendido a utilizar también la diplomacia para lograr sus objetivos.

 

En el caso Snowden, Putin actuó en principio muy diplomáticamente, haciendo público que Rusia solo le otorgaría asilo si se comprometía a no seguir divulgando secretos de inteligencia “que afectaran los intereses de nuestros socios norteamericanos”. Una elegante acción “pour la galerie” ya que a los pocos días el Estado ruso concedió el asilo por un año al proscripto y lo ayudó a desaparecer en el anonimato, lejos de la amenaza de las agencias de inteligencia. Esto enfureció sobremanera a los poderes en los EEUU. La Casa Blanca declaró a través de un funcionario menor que “estaba decepcionada” y unos días después suspendió la reunión programada entre Obama y Putin para septiembre en el marco de la cumbre del G20 a realizarse en San Petesburgo.

 

Esta suspensión abrupta muestra una absoluta falta de sentido común, ya que como mostramos las relaciones entre EEUU y Rusia son un asunto complejo que abarca diferentes áreas importantes, y no deberían perjudicarse por un incidente menor (a nivel de la diplomacia) como el de Snowden. Los Estados Unidos tienen mucho para perder en el caso del enfriamiento de relaciones, más allá de las destempladas declaraciones de los congresistas de la derecha, que colocaron las cosas en términos de testículos y testosterona, al mejor estilo John Wayne,

 

Posteriores declaraciones al anuncio de la suspensión de la reunión –intentando dar justificación diplomática a la decisión– dijeron (a través de voceros menores de la Casa Blanca) que los motivos estarían también relacionados con la no resolución de otras áreas pendientes entre ambas naciones (estancamiento de los acuerdos sobre el paraguas misilístico que EEUU quiere desplegar en Europa, el sistemático veto de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU ante cualquier decisión que pueda implicar un bombardeo a Siria, etc.).

 

¿Vuelta a la zanahoria?

 

Las noticias de los últimos días parecen mostrar un nuevo giro de los EEUU en sus estrategias políticas. El problema de Siria se ha convertido para ellos en un verdadero dolor de cabeza. La estrategia utilizada primero en Libia, de realizar una “guerra por mampuesto” (hacer que otros la peleen por ellos) viene fracasando estrepitosamente en el territorio sirio. Era previsible y así lo hemos analizado repetidas veces. La situación de Siria es muy diferente a la de Libia, y la aplicación del mismo libreto era muy probable que terminara en el fracaso que hoy se está demostrando.

 

El gobierno de Bashal Al-Assad está derrotando sistemáticamente con sus fuerzas armadas a los “rebeldes” en todos los frentes. Tanto así que y prácticamente ya no hay enfrentamientos tradicionales. La acción de los grupos mercenarios se está limitando a realizar atentados con bombas (al mejor estilo “terrorista) matando siempre a civiles inocentes, y a algunas emboscadas de tipo guerrilla cuando logran realizarlas. La unidad de la “coalición” está absolutamente fracturada, las distintas facciones que componen la variopinta oposición armada al gobierno de Damasco, están hasta peleando entre ellas. Las acciones más efectivas están en manos de Al Qaeda y otros de los grupos fundamentalistas, quienes además se apoderan de las mejores y más numerosos armas que varios países suministran a la “resistencia”. Igualmente el descontrol es tal, que por ejemplo esos grupos, atacan militarmente a los kurdos sirios, que si bien no apoyan directamente al gobierno central, al defenderse están en los hechos uniendo sus fuerzas.

 

Entonces parece haber un reconocimiento de ese fracaso, y aparece ahora como último recurso un intento de utilizar la zanahoria. Hace unos días funcionarios rusos declararon que el gobierno de la monarquía saudita (sin dudarlo haciéndole la tarea a los EEUU, además de impulsar sus propios intereses) se había reunido con altas autoridades rusas y había hecho una oferta de esas a las que “no es posible negarse”. Ofrecieron realizar una gran compra de armas, del orden de los cinco mil millones de dólares, a cambio de que Rusia no ejerza su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU cuando se proponga establecer una “zona de exclusión aérea” o cualquier otra medida similar que permita a fuerzas internacionales bombardear Siria. La oferta fue muy tentadora, ya que estamos hablando de un monto que prácticamente duplica en una sola operación la facturación anual de la Rosobonoexport (la compañía semi-estatal rusa que negocia todas las ventas de armas del país al exterior). Una suma nada despreciable para una nación en expansión y con tradicionales problemas económicos.

 

Los mismos funcionarios anunciaron que el gobierno ruso (Vladimir Putin) había rechazado la oferta “por cuestión de principios”. Vamos a entendernos, no se trata en este caso de principios éticos. La verdadera razón es que Putin es un hombre de la “realpolitik” y está convencido de que no puede ceder a Occidente ni un milímetro en ciertos terrenos. La cuestión siria es uno de ellos, el Kremlin hace ya tiempo que colocó la línea límite allí. No van a permitir que se repita la tragedia libia y que los Estados Unidos coloquen en Siria un gobierno complaciente a sus intereses. Dentro de la visión geopolítica global, es su forma de impedir que los EEUU cierren el cerco que intentan implantar a Rusia y China. Si conquistaran Siria, sólo quedaría Irán para lograr cerrar el anillo. Se agrega a esto que Arabia Saudita no es un interlocutor muy confiable, ya que existe toda una historia de demoras y marchas atrás en sus compromisos exteriores que marca sus conductas.

 

Muy “diplomáticamente” un par de días después el propio Putin desmintió a sus funcionarios respecto a esta información, luego que ella había circulado por el mundo. Del mismo modo que con el caso Snowden, la política rusa complace con las palabras pero sigue adelante en los hechos.

 

Ni garrote ni zanahoria

 

 

Una vez más se insiste en la política obstinada de huir hacia delante (sólo más de lo mismo). Los Estados Unidos parecen estar dispuestos de cualquier manera a conservar el dominio del planeta que vienen perdiendo aceleradamente. Y la forma como intentan hacerlo es repitiendo sistemáticamente las estrategias que los convirtieron en un poder imperial. Sentirse siempre por encima del resto del mundo (Rusia declaró que la suspensión de la reunión programada mostraba como los EEUU no están dispuestos a tratar a ninguna nación de igual a igual); intentar imponer sus intereses internos a como dé lugar en el resto del mundo sin tomar en cuenta las realidades existentes, y en estos últimos tiempos utilizar sistemáticamente la política del “Big Stick” (Gran Garrote) que muy buenos resultados le diera a su expansión imperial en las manos de Theodoro Roosvelt a principios del Siglo XX.

 

El problema es que estas políticas no están dando los resultados esperados. Y como estamos viendo, intercalarlas con la estrategia de la zanahoria (no solo en el caso ruso, sino también por ejemplo con la sistemática acción de comprar políticos corruptos y financiar desestabilizaciones en otras regiones del planeta) tampoco parece ser una elección efectiva.

 

¿Por qué no funcionan ni el garrote ni la zanahoria? La “verdad entre dos platos” es que tanto la falta de efectividad de sus acciones, como los síntomas de desesperación consiguientes, parecen estar definiendo realmente la inmensa y acelerada pérdida de poder e influencia que los Estados Unidos vienen sufriendo en este siglo XXI. Consideremos esto sin engañarnos, son todavía la mayor potencia del planeta. No sólo controlan la mayor capacidad militar del mundo, sino que su gobierno es el representante de los grandes capitales que toman las decisiones a nivel global. Tienen todavía mucho para manejar y enlodar por delante. Pero lo que sí parece ser cierto es que se encuentran en un período de declinación creciente. El Imperio comienza a rechinar.

 

Somos nosotros, los emergentes, quienes debemos aprovechar esta coyuntura (que no es casual, ya que nuestras acciones también la están configurando) para ir estableciendo los nuevos protagonismos, las nuevas propuestas y proyectos y las nuevas acciones sociales, que nos permitirán conquistar un nuevo y mejor mundo (más justo) para nuestros hijos y descendientes.

 

Tener consciencia de la creciente debilidad del enemigo poderoso es también una forma para poder crear los mejores mecanismos para enfrentarlo. En eso estamos.

 

 

 

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Publicación Barómetro 12-08-13

 

 

 

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