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07 Abr 2014

Clausurar el postmodernismo - y la postmodernidad - Destacado

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A las ciencias sociales, a las artes y a las humanidades, digan lo que digan sus representantes académicos, hay que aprenderlas también a mirar de otro modo y sacarlas de la torre de marfil de su filologismo.

"Contra la censura : ensayos sobre la pasión por silenciar". Si de querer entender la complejidad del fenómeno se trataba, esta colección de ensayos de J.M Coetzee cumple satisfactoriamente el objetivo y, además, aporta luminosas intuiciones en tiempos de sectarismo, hiper-susceptibilidad ideológica y vacua retórica postmoderna :

- "La Censura es un fenómeno que pertenece a la vida pública, y su estudio abarca varias disciplinas, entre ellas el derecho, la estética, la filosofía moral, la psicología y la ciencia política".

Con esta voluntad arqueológica e interdisciplinar empieza el premio nobel surafricano su soberbio ensayo. Es, contra la censura, uno de esos libros que llegan a doler por la luz que contienen. Es, también, uno de esos libros que llegan a convencerte de que no hay mejor manera de entender algo que desear profundamente entenderlo... y someter ese deseo a cierto rigor metodológico.

Deseo y rigor tiene, también, esa joya de Alex Ross que lleva por título El ruido eterno : escuchar el siglo 20 a través de su música. El intento de Alex de entender la triste y loca historia del siglo pasado recorriendo el paisaje de las emociones y partiendo del lenguaje más profundo creado por esta loca especie - la música -, empieza en la Viena y en el París de preguerra, en los años 20, pasa por la Alemania hitleriana, la Unión Soviética... y llega al Nueva york de los años 60, acabando su recorrido a finales de los 80.

Hay algo realmente edificante en el libro de Ross, y es su intención de mostrar las tensísimas relaciones entre el arte, como pulsión creativa, y su recepción social y política, con toda su carga de valoraciones morales e ideológicas incorporadas. Las repulsiones y afinidades electivas entre compositores y su vínculo emocional con otras artes como la poesía, la literatura y la pintura, también forman parte de ese poliedro afectivo que Ross reconstruye con una prosa ágil y amena.

¿ Qué tienen en común el libro de Coetzee y Ross ?. A mi modo de ver, que forman parte de esa clase de libros que Eduardo Galeano adjetivaría como sentipensantes. Libros escritos con mucha pasión y con mucha voluntad de ir a la raíz del asunto.Libros que desestabilizan, provocan, saliéndose de los moldes cognitivos y afectivos interiorizados como verdades impepinables por cierto sentido común tranquilizador, y respondiendo a las mentiras impuestas por hábito mental, o por la fuerza, con nuevos modos de entender - y sentir - la realidad, haciendo de la crítica cultural y el ensayo todo un acto de creación, una libertad radical en la mirada.

Que yo recuerde, fue la lectura de Mirar y Otro modo de contar, de John Berger, así como también Estilos radicales, de Susan Sontag, lo que me hizo caer definitivamente de mi confianza ciega en las palabras. Esa caída del paraíso en el que el principio fue el verbo, es una caída dura, traumática, incluso, pero uno se recupera sumergiéndose en otros tipos de lenguaje como el fotográfico, el musical, las artes plásticas y visuales. Los seres humanos no soportamos la nada. Estamos constantemente reinventando nuestro modo de entender y sentir el mundo, y por muy tranquilizador que pueda sonar el imperativo de que debemos aceptar nuestros límites, si hai algo que una mirada lúcida y curiosa no puede soportar es precisamente eso, aceptar los susodichos límites para justificar su impotencia creativa. 

Si el vacío del silencio impuesto por la fuerza y la violencia es lo característico de la civilizatio neoliberal, tanto como lo es el vacío del ruido y desfragmentación mediática impuesta por la corporativización privada de los medios de reproducción técnica del mensaje, sólo nos queda confiar en el ruidoso silencio del arte y en los clásicos valores de libertad, igualdad, justicia y búsqueda de la verdad que agrupan a lo más honesto que pueda quedar del pensamiento ético y político en occidente. Limpiar - por así decirlo - a las artes, a las ciencias sociales y a las humanidades de la gran carga de residuos eurocéntricos que han acumulado durante siglos de pensamiento y práctica colonial, debería ser una tarea lo suficientemente amplia, seria y paciente como para tomarse el aventurerismo revolucionario con un poco más de calma.

A las ciencias sociales, a las artes y a las humanidades, digan lo que digan sus representantes académicos, hay que aprenderlas también a mirar de otro modo y sacarlas de la torre de marfil de su filologismo, puesto que no hay acto cotidiano más mediado por los imaginarios y los medios de reproducción técnica del mensaje que ese - aparentemente - intrascendente acto de mirar las cosas.

Y para muestra, un botón : Margaret Bourke White. Se necesita, realmente, una sensibilidad especial, para capturar en tan poco espacio la materialidad y el espíritu - por así decirlo - que subyace a la propaganda de la American way of life : Una larga cola de negros en paro. Caras de circunstancias y tristeza asumida. Por encima de sus cabezas, un cartel enorme visualizando el prototipo ideal de vida que ofrece la fábrica de sueños de Lady América : una familia nuclear, heterosexual, de piel blanquita, dentro de un coche y camino de un picnic dominical. Sus crucifijos remarcando el hecho de que su amor ha sido gestionado por la vía confesional. Su parejita, hijo e hija, detrás del asiento, con relucientes sonrisas de felicidad. Como no, tampoco podía faltar el automóvil, símbolo de independencia y autonomía indidivual, para completar la cuadratura del círculo. En la parte inferior del cartel, la frase sentenciosa, arrogante y lapidaria : There's no way like the American way of life!. Toda una propuesta civilizatoria de felicidad colectiva con principio, nudo y desenlace final. Por supuesto, con final feliz y victorioso, faltaría más.

Nuestra vida cotidiana está llena de este tipo de sugerencias impositivas formalizadas con propagandística sutileza, de este tipo de poder blando que nos está sugeriendo, constantemente : Sé normal. Sé como ellos. LLeva una vida decente. Desde el ámbito familiar, las instituciones educativas, la sociedad civil, el mundo del trabajo... esta propaganda permeabiliza poco a poco las relaciones humanas, por mucho que queramos ignorarlo u ocultar el problema, y el código que subyace es muy fácil de descrifrar : No te atrevas a tomar tus propias decisiones. No te atrevas a guiarte por convicciones profundas y razonadas. Averguénzate de quien eres y de la vocecita que late en tu interior. ! Estás solo !. Son códigos funcionales, al fin y al cabo, a las pautas de conducta que sostienen a todad una sociedad gobernada por el hiper-consumo y el miedo.

Ya hace mucho  tiempo que existe un fuerte consenso simbólico y cultural en la sociedad civil, y desde muchos frentes y disciplinas, sobre la necesidad de abandonar ipso facto un horizonte civilizatorio sin salida, que no es otro que el camino único que marca la concepción del progreso en clave futurista y economicista de nuestras ultra-liberales democracias, y que choca rotundamente con una visión más circular y abierta del tiempo. Circular, porque el mundo secular tiene su propio sístole-diástole, sus propios tiempos vitales, que son los que empujan desde la tradición cultural adquirida y la recepción de la misma. Abierta, porque no hay nada más absurdo que hablar de universos estáticos y mecánicos, ni del cielo para arriba, ni del cielo para abajo. Para muestra, un botón : los aforismos de Jorge Wagensberg. El milenio huérfano de Boaventura de Sousa Santos y los ensayos de John Berger. Es, como mínimo, esperanzador y luminoso, el ver como un físico, un sociólogo y un artista pueden caminar por los mismos senderos contra-hegemónicos y compartiendo los mismos diagnósticos que he mencionado al principio del párrafo.

En nuestro modo de interpretar receptivamente las tradiciones culturales adquiridas, así como en nuestro modo de usarlas para generar espacios, mentales y sociales, de autonomía, solidaridad y cooperación mutua, es donde nosotros aparecemos ante los demás como lo que ya somos : seres nuevos que conviven en lógica tensión entre lo viejo y lo nuevo que aún no hemos sido capaces de materializar. Asumir esta contradicción y esta tensión es necesario si uno quiere realmente sentirse parte activa en una nueva política y en una nueva cultura. No hace falta recordar, desde luego, que cualquier tradición cultural en el que el valor de la persona y su autonomía, así como sus derechos fundamentales, están por debajo de su conservación o interpretación canónica, no merece ser, ni conservada, ni reinventada. Dá verdaderos escalofríos el hacer una mirada retrospectiva en la historia de la humanidad, puesto que en nombre de muchas concepciones del mundo tradicionales, supuestamente intocables, se han cometido una miríada incalculable de violencias y brutalidades, pero también, en oposición a éstas, el ser humano ha sido capaz de imaginar e inventar modos de pensar y modos de hacer para resistir solidaria y colectivamente.

Ya no hay vuelta atrás. Las salvaciones individuales, demostrado está, devienen tarde o temprano en nuevas formas de cínico y reaccionario conservadurismo e incluso desestructuran profundamente los vínculos de solidaridad más básicos y cotidianos de las comunidades. El reto que - creo - deberíamos afrontar en este recien entrado siglo, no creo que sea muy diferente de los retos que se propusieron los sociólogos, psiquiatras y pedagogos como Marx, Frantz Fannon o Paulo Freire. Por muy post-lo-que-sea que quiera ser un sujeto, siempre tendrá que vérselas conflictivamente con muchas traditios del pasado, con su momento presente y con su afán de trascender y humanizar lo dado.

Mi propuesta cultural, desde un punto de vista genérico, es el siguiente : clausuremos arrogantemente a la postmodernidad auto-satisfecha, sonríamos a postmodernos sinceros - sin tomárnoslos muy en serio -, y sigamos generando otros horizontes. Hoy, es posible, no saldremos en la tele. Mañana, seguramente, tampoco. Pero, estoy seguro, después de nuestra vida física, nuestros hijos seguirán tratando de entender el mundo con Marx, con Fannon o con Paulo Freire.

Modificado por última vez en Martes, 08 Abril 2014 10:08

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